Y Dios fue argentino

 

 

El 2 de junio de 1978, Monseñor Juan Carlos Amaro hizo la señal de la Cruz ante el pletórico estadio Monumental de River,  con una bendición inédita para un Mundial de futbol que agradecía el arribo de la fiesta a Argentina, sumida en la crisis económica más severa hasta entonces y la prepotencia de su gobierno militar.

Argentina había superado todos los obstáculos que el destino fue poniendo en el camino desde que en 1966 contendió por primera vez para ganar la sede del Mundial y la perdió contra un rival inferior en futbol, pero mayor en organización: México.

Ahora todo era diferente y sólo la falta de tecnología para la televisión en color fue la última aduana que tuvieron que pagar los sudamericanos para ser considerados como dignos organizadores de una Copa del Mundo.

Tres años antes de 1978, César Luis Menotti comenzó a preparar una inmejorable selección local, en donde el único error histórico que cometió fue haber ignorado a un menor de edad que tardaría un par de años más en ser una celebridad: Diego Armando Maradona.

Aquella selección albiceleste venció, en su primer juego, 2-1 a Hungría con goles de Luque y Bertoni; luego 2-1 a Francia, con anotaciones  de Pasarella y Luque,  para amarrar su pase a la siguiente ronda, aunque perdieron 1-0 ante Italia en el último juego de su ronda inicial.

Para la segunda fase del Mundial los ocho mejores equipos se dividirían en dos grupos y los líderes de ambos disputarían la Copa del Mundo, después de haber jugado todos contra todos.

En esa ronda final, Argentina superó primero 2-0 a Polonia, con dos goles de Kempes, que de allí despegó para convertirse en campeón goleador del certamen con seis anotaciones. Luego Argentina empató a ceros con Brasil y en su último juego enfrentó a Perú con la obligación de meterle más de cuatro tantos, puesto que Brasil tenía el mismo número de puntos, pero con una diferencia de mas cinco en su diferencia de goleo.

El mundo sospechó para siempre de aquel juego contra Perú.

El primer tiempo terminó 2-0 a favor de los argentinos, que concluyeron arrollando 6-0 a los peruanos, con dos goles de Kempes y dos de Luque. Durante meses se rumoró que Perú se había vendido, a cambio de un cargamento de cereales,  luego se dijo que su portero Quiroga, de origen argentino, también había sido cooptado por sus paisanos.

En defensa de aquel conjunto peruano, Juan José Muñante, quien militó en los Pumas del futbol mexicano, solía recordar aquel disparo que estrelló en el poste al iniciar las acciones, que de haber sido gol pudo haber marcado la debacle de los gauchos y la historia del balompié peruano.

Así, en forma milagrosa, pero dudosa, Argentina estaba lista para remediar un poco tanto dolor en su gente.

Su rival no podía ser más incómodo: Holanda, el subcampeón del mundo que sufriría la maldición de Hungría y Checoslovaquia: jugar dos finales de Copa del Mundo y perder  ambas.

Cruyff ya no estaba con Holanda. De hecho los hombres de la nación de los tulipanes sólo pudieron ganar un juego en la primera fase: 3-0 sobre Irán, luego empataron a cero con Perú y perdieron 3-2 ante Escocia para calificar por mejor diferencia de goleo.

En el grupo final, Holanda venció 5-1 a Austria, empató a 2 con Alemania y en su último juego, agónicamente, venció 2-1 a Italia.

La final fue un verdadero drama, no podía ser de otra forma en un país que gusta de cantar las desgracias. Primero, porque los sudamericanos protestaron una mano enyesada de Rene Van de Kerkhof, para tratar de descontrolar a los gélidos holandeses, y luego porque tras haber estado en ventaja con un gol de Kempes, desde el minuto 38,  Naninga, quien entró de cambio, empató diez minutos antes de terminar el encuentro.

Pero las voces del estadio Monumental no se dieron por vencidas. En los tiempos extras, Kempes “el Matador” se metió al área burlando bureles anaranjados y tras rebotar el balón en el portero holandés, mete una vez más la pierna y consigue el gol del título. El mismo Kempes sirvió el tercer gol a Bertoni, quien cerró el marcador en 3-1 y convirtió a la afligida Argentina en campeona del mundo.

La sospecha del juego contra Perú nunca hizo menoscabo en el ánimo de los argentinos. ¿Cómo no creer en los milagros en el primer mundial bendecido por un párroco?

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