Una final de pena… Máxima

 

 

En 1994 el público clamaba por el regreso del juego bonito, luego de un Mundial plagado de empates, como el de Italia 90, con un futbol refugiado en los penales y las jugadas a balón parado a falta del verdadero arte del balompié.

Por eso la FIFA acordó que para Estados Unidos los equipos que ganaran sus partidos de la primera ronda recibirían tres puntos  y se expulsaría en forma directa a cualquier jugador que derribara a otro en inminente posición de anotar.

Y sin embargo, la final del Mundial de Estados Unidos 1994 entre Brasil e Italia pasó a la historia como la primera que se decidió en una ronda de penales.

Brasil, el eterno favorito a ganar la Copa del Mundo, traía entre sus filas otro bohemio del balompié llamado Romario De Souza Faria, campeón de clubes con el Barcelona en 1993, pero también experto en correrías, aventuras extra canchas y amante de la vida nocturna.

Fue Romario un creativo hasta en la celebración. En la victoria de 3-0 sobre Camerún, contribuyó con un gol, además de los de Marcio Santos y Bebeto, con quien ideó la curiosa celebración de mover los brazos, como arrullando a un bebé, en honor del próximo nacimiento del hijo de Bebeto.

El arrullo goleador se repitió en los octavos de final, cuando Brasil derrotó por 1-0 a los Estados Unidos, entonces dirigido por Bora Milutinovic, quien ligaba su tercer mundial consecutivo como director técnico.

En total, Romario anotaría en ese mundial cinco goles. El último de ellos en la semifinal contra Suecia y parecía que los artistas de la esférica estaban de vuelta, como hacía 24 años, cuando Brasil con Pelé, Rivelino y Tostao llegó a la gran final en México 1970.

Y que mejor que su adversario fuera el mismo que aquellos que los enfrentaron en el Azteca: Italia.

Los “Azzurri” habían sido, como casi siempre en los Mundiales, un equipo de contrastes. Perdieron su primer juego por 1-0 contra Irlanda, vencieron a Noruega por la mínima diferencia y luego emparejaron a un gol con los mexicanos, para consumar un triple empate en puntos.

Irónicamente, los italianos calificaron a los octavos como tercer lugar, por su peor diferencia de goles en relación con México, que terminó primero, en un grupo cuyos tres calificados no hubieran avanzado con esos puntos en cualquier otro sector.

Luego, tuvo que irse al tiempo extra para vencer 2-1 a Nigeria, con un par de anotaciones de Baggio. En los cuartos de final, ante España, ganó 2-1 con gol de Roberto Baggio a ocho minutos de final, justo cuando los ibéricos habían dejado escapar el gol de triunfo con Julio Salinas, quien se quedó en un mano a mano frente a Guianluca Pagliuca y no pudo concretar.

Italia enfrentó en la semifinal a Bulgaria y nuevamente Baggio se puso el traje genial con un par de goles con los que vencieron 2-1, a pesar del aguerrido Hristo Sroichkov, el cual consiguió la solitaria anotación búlgara, que los convirtió en la revelación de aquella  Copa del Mundo.

Así pues, Brasil e Italia estarían nuevamente frente a frente, pero ninguno de los dos tenían el futbol de hace 24 años y de nada sirvieron los cambios de regla, ni el clamor de los aficionados por el juego bonito.

Bajo un intenso calor, en duelo lleno de cuidados y apretados esquemas tácticos, brasileños e italianos no pudieron hacer daño ni en los 90 minutos, ni en los 30 minutos extras. Así que marcarían la historia como la primera final de Copa del Mundo que se definiría en tandas de penales.

Romario, Branco y Dunga acertaron por los brasileños, por los italianos falló el capitán Franco Baressi, pero concretaron Albertini y Evani.

Roberto Baggio, el hombre gol de los italianos, tenía la oportunidad de alargar la tanda, pero hay momentos en que los dioses de la cancha se convierten en falibles seres humanos y Baggio, ese día, falló.

Los brasileños se convirtieron en tetracampeones del mundo, sin el brillo de México 1970, pero ¿a quién le importa eso cuando se levanta la Copa más codiciada en el deporte del mundo?

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