Un recuerdo para el inolvidable «Perro» Aguayo

Yo sé que cuando muere alguien, casi siempre pasan dos cosas. Le salen muchos “amigos” que fueron cercanos, y mientras más famoso es quien se adelantó en el camino, “más amigos tenía”. La otra es que los que acuden al velorio siempre dicen que era “una buena persona”, aunque a veces no lo haya sido tanto… Pero…

Pedro Aguayo Damián sí tenía muchos amigos y era una buena persona. No me lo contaron. Tuve la fortuna de vivirlo desde aquel 1986 cuando al fallecer mi padre, José Luis Valero Meré, heredé junto con mi hermano Roberto Valero, la maravillosa oportunidad de involucrarme al ciento por ciento en la lucha libre mexicana. Roberto comenzó a escribir en el Ovaciones y yo me hice cargo de su programa de radio en la querida Radio ABC, “Ovaciones y Costalazos”.

Y de esa oportunidad surgieron muchos proyectos y muchas más ideas maravillosas se cristalizaron. Otras no… Pero, entre la gente que más nos apoyó, Pedro fue de los más nos brindó su cariño, porque si algo le sobraba al Perro Aguayo era eso, era muy cariñoso, muy gentil, un extraordinario ser humano. 

Y tuve la suerte, que gracias a los más de 5 mil votos que recibió vía telefónica en las emisiones del programa para ser designado el “Mejor Luchador del Año en 1986”, de entregarle la Presea José Luis Valero en una noche maravillosa que compartimos en diciembre de aquel año en lo que entonces aún era el Hotel de México, en el piso 42, que hoy es pomposamente el World Trade Center Ciudad de México.

La foto que acompaña a estas líneas atestigua ese momento. Yo, un chavillo de apenas 20 años, en calidad de maestro de ceremonias y él, don Pedro Aguayo, el gran Perro Aguayo, en plenitud, en madurez como luchador y como ser humano.

El Perro también nos apoyó cuando debutamos a The Killer en el Toreo el 1 de Enero de 1988, una creación mía, yo lo inventé y mi hermano Roberto lo preparó en sus funciones en el Palenque de la Feria en Celaya con nuestros amigos de Sertoma. 

Aquel día, con el Coso de los Independientes a reventar, con boletos agotados desde el mediodía de aquel viernes, hubo unos relevos australianos de alarido donde a pesar de que se presentaba también en plan estelar El Indómito, todo se centró en la golpiza brutal que le dio The Killer al Perro, provocando, en ese mismo momento, que el rudo, quien yo propuse primero que tuviera como origen Sudáfrica, se convirtiera en uno de los más odiados rufianes de la lucha.

El Perro salió sangrando y cargado por el Villano III y Enrique Vera que fueron sus compañeros ese día.

Tampoco puedo olvidar cuando don Héctor Guzmán nos prestó la Arena López Mateos de Tlalnepantla para presentar una lucha de campeón contra campeón en la división de peso semicompleto. Pedro era el monarca de la WWF y el Villano I el de la UWA. El referí de lujo fue mi padrino Ray Mendoza y la lucha terminó tras una brutal batalla que dejó ensangrentados a ambos, en un empate porque no pudieron continuar luchando.

Pedro Aguayo Damián se ha adelantado a otra dimensión donde ya el dolor no existe y a donde acompañará a su hijo, Pedro Junior quien se fue se improviso una noche hace algunos años. 

Sigo y seguiré pensando que los hombres cuya existencia física finaliza, no mueren realmente sino hasta que son olvidados por el último que los recordaba. Estoy seguro que Pedro Aguayo Damián vivirá aún por muchos años pues su paso ha dejado una huella imborrable en el deporte, en la sociedad, pero sobre todo, en la memoria de todos aquellos que pudimos gozar su paso por esta vida. 

Descansa en paz querido amigo, no te olvidaremos… (EDGAR VALERO)

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