Un Potro Salvaje… Y elegante… 

EDGAR VALERO BERROSPE

Habrán corrido los primeros meses de 1970 cuando, como cada domingo desde que nací, literalmente, cada domingo, fui con toda la familia a la pequeña Arena San Juan Pantitlán, enclavada en los límites de la Ciudad de México y Ciudad Netzahiualcóyotl, que no estoy cierto si ya se le llamada el Municipio 120, en franca alusión a que había tomado ese estátus en el Estado de México.

La pequeña arenita era uno más de los énclaves donde florecia la lucha libre mexicana, que permitiía a cientos de miles de personas en todo el país, disfrutar de un entretenido espectáculo. La Arena San Juan, la Plaza de Toros la Aurora, la Arena el Vergel, la Santa Martha, la Plaza de Toros El Cortijo, y muchas, muchas más eran los satélites de aquel monstruo de mil cabezas que era la Nueva Arena México, sede del grupo luchístico más poderoso de México, y el mundo. (leyó usted bien).

Don Salvador Alvarez Raigoza, hijo de hacendados veracruzanos, por azares del dstino decidió “robarse” a su novia, con la que sí se casó, doña Mary, y ambos huyeron a la capital, en donde tiempo después sus poderosas familias, veracruzana y oaxaqueña, finalmente los encontraron, perdonaron y extendieron su riqueza con aquellos envíos monumentales de frutas que por traileres completos terminaba en el mercado de La Merced. Ah, que tiempos aquellos… 

El empresario era aficionado a “las luchas” y así fue como aconsejado (bien, aconsejado) decidió pedir ayuda a una de las personas con mayor conocimiento de este deporte espectáculo, don José Luis Valero Mére, mi papá, quien, desinteresado como fue siempre para ayudar, comenzó a asesorarlo en la conformación de los programas, luego fue su matchmaker y finalmente, el hombre de la mágica voz que presentaba a los gladiadores antes de subir al ring… “Lucharaaaaaaán a dos de tres caídas sin límite de tiempo….” No es porque haya sido mi padre, pero tenía una voz privilegiada.

La Arena San Juan, por intermediación de mi padre comenzó a recibir, con permiso y todo de la Empresa Mexicana de Lucha Libre que comandaba don Salvador Lutheroth Lomelí (Salvador II), a una, si, una estrella de la Arena México cada semana.

Por el humilde cuadrilátero de la Arena San Juan desfilaron, El Santo, Mil Máscaras, el Rayo de Jalisco, Blue Demon, Black Shadow, Rolando Vera, Sugi Sito, Benny Galant, Gory Guerrero, Huracán Ramírez, Ray Mendoza, René Guajardo, Anibal, El Solitario, el Angel Blanco, el Doctor Wagner, Tinieblas, los Hermanos Espanto, Elio “Coloso” Colosetti, Dorrel Dixon, El Gladiador, El Enfermero, las más grandes figuras de la lucha libre mexicana. Uno a la vez, uno cada semana, en una secuencia extraordinaria e inenarrable.

Pero San Juan Pantitlán tenía a sus propias estrellas, todos esos jóvenes locales que aspiraban a ser algún día, los protagonistas o coprotagonistas de las figuras que sólo veían en las revistas o cada semana, los domingo como a lasw 6:30 de la tarde en el ring de “la San Juan”.

Y ahí estaban los Misterios Blancos, las Muertes de la Barranca, las Lloronas, Principe Odín, Rudy Vázquez, Los Villanos, Tony Salazar, Odiseo, el Monje Siniestro, El Greco, Sergio Sarabia, Kenji Kaplin y Taro Yonekura, El Zarahuato, Estrella del Sur, Estrella Roja, Pedro “el Chivo” Martínez, Black Center, Chico Velóz, el Germano, el Tamaulipeco,  el Dinámico, Alex Palafox “el Sanguinario”  (el papá de Supermuñeco), Killer Millán, Genaro García, Pepe el Toro, Arturo Cruz y un jovencito de gran personalidad y que muy pronto se robó el corazón de los aficionados y llenó el ojo de don José Luis. Con buen físico, muy callado, pero de una sonrisa esplendida, Salvador Quintana el “Potro Salvaje”.

Chava, a quien siempre recordaré como un extraordinario ser humano, era un hombre cabal, respetuoso y cumplidor. Tenía un carisma que llenaba el ring cuando estaba en un mano a mano contra alguno de esos rufianes que le menciono, pero brilló con luz propia cuando, por decisión de mi padre, fue elegido para ser la pareja de Huracán Ramírez en la primera gran lucha estelar que vivió en San Juan Pantitlán.

No pasó mucho tiempo antes de que el público lo amara. Y se convirtió, por méritos propios en la gran estrella de San Juan y de todas las arenas de la periferia. Lo recuerdo ataviado elegantemente con chamarras de lentejuela para acompañar a El Santo o Mil Máscaras, repartiendo autógrafos a la par de Ray Mendoza o el Rayo de Jalisco, Tinieblas, el Solitario, Anibal o Black Shadow. Era muy carismático y un gran profesional.

Yo puedo calcular que Salvador, enfundado en su preciosa máscara blanca con el potro negro en posición rampante, debe haber protagonizado no menos de 300 luchas estelares solo en “la San Juan”, al lado de las  más grandes figuras de la lucha libre mexicana. Nadie le regaló nada y por eso, años después cuando luego de un breve retiro retomó su carrera, fue un placer apoyarlo junto con Arturo Cruz a quien enmascaró como el Potro Salvaje Junior y con quien hizo un dueto extraordinario y no menos espectacular que lo que había sido él una década atrás.

Hace unos días, el 1 de Agosto, se adelantó en el viaje para acompañar a muchos otros titanes de la lucha libre que ya se fueron. Tal vez no haya sido la más fulgurante estrella, pero supo ser en cambio, un hombre de palabra y un extraordinario profesional. Salvador Quintana no pasó sin dejar huella en esta vida. Quienes tuvimos la fortuna de conocerlo y compartir con él horas y horas, sueños y proyectos, tenemos razones para que su recuerdo perdure con nosotros. El último relincho del Potro Salvaje se seguirá escuchando durante mucho tiempo, lo sé muy bien…

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