Un loco llamado Borja

 

 

En los años 60 por la calle de Sullivan los hombres andan a la caza de aventuras, y los niños de la colonia San Rafael, entre ellos Enrique Borja,  merodean el hotel de la esquina para ver de cerca a los integrantes del campeonísimo Guadalajara que allí se hospedan.

«Yo todavía no debutaba en primera división, fuimos a verlos, y en eso sale Nacho Calderón. Un amigo mío se le acercó y le pidió un autógrafo. No lo peló, es más hasta le hizo un movimiento como de quitarlo. Yo me acerqué y le dije: «¡Sabes qué¡ Algún día yo te voy a meter muchos goles y me eché a correr».

Dos años después el jovencito estaba cumpliendo su amenaza ante quien llegó a ser, cuatro años después, su compañero en la selección mexicana de futbol.

«Lo que yo tuve siempre fue primero una gran fe en que iba a poder hacer algo en la vida.  No sé si poco o mucho, si fama, si dinero, no. Era la fe de que podía hacer alguna cosa. Siempre me dije ¿Por qué no?, ¿por qué no puedo llegar a la selección?, ¿por qué no puedo llegar a ser titular?».

Y es que «Quique» siempre era el primer seleccionado cuando se formaban los equipos en el patio. “Quique” resultó seleccionado en el equipo de la Secundaria 28 y en el torneo intersecundarias se convirtió en campeón goleador. En la Preparatoria 6 Borja volvió a ser miembro del equipo de futbol y en 1962 Borja quedó campeón de goleo con el equipo de la UNAM en un nacional. El Tapatío Meza, un buscador de talento, le ofreció 400 pesos mensuales por su firma, suficientes para los camiones hasta ciudad Universitaria.

El primero de marzo, Borja debutó por fin en primera división en un partido de Copa contra el Zacatepec. Luego reemplazó a Alberto Etcheverry, ni más ni menos que el campeón de goleo de 1963 y 64, con los Pumas.

Y Borja creció en aspiraciones. Auspiciado por su padre firmó uno de los primeros convenios publicitarios de un futbolista mexicano con Pepsi Cola.  Los dueños de equipos lo tildaron de insaciable, algunos periódicos califican de irredento materialista al muchacho que Nacho Trelles incluyó en la selección mexicana que irá al Mundial de Inglaterra en 1966, con un catastrófico preámbulo en el que la selección anota dos goles y recibe diez en tres partidos en Europa.

Borja no tocó una sola vez el balón en la gira. El materialista insaciable rezaba por las noches pensando en el cuadro del Sagrado Corazón de Jesús que su madre tiene en casa y cuya estampa lleva, hasta la fecha, siempre en el bolsillo más cercano a su corazón.

Doña Josefina le  enviaba escapularios en todas sus cartas. La noche anterior al primer juego del Mundial contra Francia, Borja charla con su compañero de cuarto, Elías Muñoz, con el último escapulario enviado por su madre en las manos.

«Le dije: sabes,  yo voy a jugar la Copa del Mundo. No sé cuando, pero yo la voy a jugar. Tengo la fe que voy a jugar. En eso entra Nacho Trelles. Nos saludó: ¿Cómo estás Elías?, bien don Nacho, contestó. Y  Tu Borja, ¿cómo estás? Bien don Nacho. ¿Cómo para jugar? ¡Pues claro! Bueno, entonces tú juegas. Se va don Nacho y yo empiezo a brincar como loco. Teníamos cinco minutos de estar hablando de la fe».

Contra Francia Borja anotó dos goles. Uno que le anularon y otro que puso en ventaja a México aunque el partido terminó empatado. Algún diario británico reseñó: «Ver a Borja es como volver a ver a DiStefano en su juventud» y Borja jugó los tres partidos de ese Mundial.

A su regreso, Borja era un jugador que no podía pagar el club Universidad. «A mi me venden en un momento de los Pumas al América sin darme un solo centavo y también gente con la que tuve algunos conflictos, después nos convertimos en amigos, como fue don Guillermo Cañedo a quien yo lo conocí primero en la Copa del Mundo siendo presidente de la federación».

Borja sólo jugó unos minutos la Copa del Mundo de 1970: en el juego que ganó la selección por 4-0 ante El Salvador y entró de cambio en el último partido contra Italia que perdimos 4-1. Para él ya no hubo Mundial en 1974, cuando México quedó  eliminado en Haití.

Luego vino su ascenso como presidente del Necaxa hasta convertirse en el primer futbolista que llegó a dirigir la Federación Mexicana de Futbol y su renuncia inesperada, cuando quisieron achacarle la falsificación del contrato de Donizete para beneficiar a su equipo, los Tigres de la Universidad de Nuevo León.

«Yo no era culpable de nada. Veo que era porque la silla presidencial siempre es muy requerida y codiciada, lo entiendes, pero no lo justifico. A lo mejor debí haber sido más determinante, pero pensé que las cosas iban a cambiar y que eso iba a salir bien, cuando vi que no. Dije: yo no voy a lastimar el futbol, mejor presenté mi renuncia a la federación».

Javier Aguirre dio en la entrevista la mejor descripción de Enrique Borja: “El más grande de todos los jugadores era Enrique Borja, el único que se paraba a darnos aventón a los chavos que íbamos en la juvenil. Borja, siendo la figura del América paraba su Mustang, porque  los demás pasaban de largo”.

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