Nelson Vargas, el entrenador de la Suerte

Por Daniel Esparza

Esta entrevista fue publicada en el 2004 para formar parte del Libro Historias de Alto Rendimiento. La ofrecemos para amenizar un poco estos tiempos de #Cuarentena.

«Estoy convencido que soy un hombre con demasiada suerte» asegura este profesor de educación física que tuvo que ser criado por  su abuela Dolores y su tía Eugenia,  junto con cuatro hermanos en un cuarto de la colonia Clavería. Un afortunado que hace 40 años ganaba 700 pesos mensuales enseñando a nadar a miles de personas en la Unidad Morelos del Seguro Social.

«Ahora la gente habla del Nelson Vargas empresario, que le gusta una alberca y la compra. Nadie se acuerda que me levantaba a las tres y media de la mañana para conseguir desayunos del DIF, que no era legal, me los regalaba mi tía que era directora de una primaria . Vente por ellos, me decía,  te doy 100 desayunitos, me los llevaba a la Unidad  y se los daba a mis chamacos, después de entrenar, a 20 fierros cada uno».

Nelson, el chamaco que cuidaba niños en el deportivo Vanguardia, mientras cascareaba en el deporte que más le gustaba: el baloncesto. «Sabían que jugaba bien. Constancio Córdoba me dio una plaza del Seguro y jugar para él  en la Salle, pero le dije:  mejor me voy a chambear porque me gustaría empezar a formar mi futuro».

Y se hizo profesor de natación en una alberca olímpica con plataforma de clavados y una plaza de seis horas a la semana. «Tenía otras 12 horas como profesor en educación  física a la semana. Tuve la audacia de conseguir que me las dieran enfrente de la Unidad Morelos, en la secundaria 63. Llegaba a las cinco a la Unidad, al principio no había equipo, no había nada,  daba mi clase y me iba a las 12 a la secundaria. Me regresaba a la Unidad a las 2, llegaba más gente en la tarde y seguía enseñando a nadar por grupos, no había fin, mano, acababa molido a las 10 de la noche».

Nelson, el práctico:»Se me ocurrió ir con los que daban el servicio militar en la Unidad, a pedirles que me prestaran 20 chamacos para que yo les enseñara a nadar y ellos me ayudaran como monitores,  sin pagarles. De allí salieron Jorge Rueda y Arturo Dickinson, entre otros», destaca Nelson a sus alumnos que llegaron a ser Premio Nacional del Deporte como entrenadores.

«A la gente le cobrábamos 20 centavos o algo para que de allí tuviesen una lanita ellos. Afortunadamente el doctor, Juan Manuel Barquín, mi jefe, se hizo loco y dejó que se desarrollara la actividad»

Nelson, el iluso: «El doctor Manuel Barquin Calderón, decía: Este loco anda diciendo que algún día va a tener gente en la olimpiada. No sé como lo va hacer con chamacos en tercer grado de desnutrición, pero lo voy a apoyar porque veo que le echa tantas ganas que no lo voy a desilusionar».

El que nada sabía de sistemas de entrenamiento, ni reglas de las competencias. Los recuerdos le salpican carcajadas: «Imagínate en el 62 ir al deportivo israelita con señoras de morral y tortas. Llegaban los mugrosos del Seguro. Tenía un nadador que era buenísimo, David Ramírez. En los 50 pecho, en el penúltimo heat, David le saco un pedazote al segundo lugar en el club Israelita. Después pasó el último grupo. Total, David quedó en segundo, y arme la  bronca. ¡Cómo segundo! ¡Si yo lo vi ganar!

-Espere profesor. La competencia es contrareloj. En el último heat ganó otro con mejor tiempo- «Y allí empezamos.  Me fui educando en esto».

Primer Uniforme

Con David Ramírez y Alfonso Álvarez, sus primeros seleccionados nacionales, Nelson Vargas viajó por primera vez como auxiliar de entrenador a Cali, Colombia, su primer Campeonato Centroamericano y del Caribe de Natación CCCAN.

«Mi primer uniforme. Nos abanderó el Presidente de la República, López Mateos. Fue muy impresionante, me alentó más. El resultado de CCCAN  fue fatal  y me puse a trabajar más duro, mi meta era tener el mejor equipo de México.No me importaba el recurso. Me decía, yo sería feliz con una casita aquí, pegadita a mi chamba, esa era mi meta. Al grado que cuando quise hacer un patrimonio se me ocurrió comprar un par de terrenos de 100 metros en Ciudad Azteca, que era lo más barato».

Llevó a su hermano, Rubén, graduado como arquitecto mediante una beca como nadador en los Estados Unidos, para construirle la casita soñada.

«En 10 metros no veías por el polvo. Me decía Rubén,  esto es Viento Negro,  ¿se acuerda? estaba de moda aquella película de David Reynoso…Terminé tostoniando los terrenos».

Convertido en una celebridad en la Unidad Morelos, el entrenador viajaba todos los días en su Volkswagen a la colonia Lindavista a recoger nadadores riquillos para llevarlos a entrenar al IMSS, cobrándoles extra por ese servicio.

-Profe, ponga una alberca aquí en Lindavista, se le va a llenar.

-Una alberca. ¡Qué fácil! ¡De dónde voy a sacar esa lanota!

Dos noches inolvidables

La noche en que se dio a conocer la preselección nacional de natación para los Juegos Olímpicos del 68, nada podía consolar al excluido joven entrenador del Seguro Social.

-Nelson estás joven, ya fuiste a San Juan Puerto Rico a los Juegos Centroamericanos, hay mucha gente con mas experiencia, tienes mucho por delante, le dijo Javier Ostos, presidente de la federación mexicana de natación.

«Fue un balde de agua porque estaba muy encarrerado, era 66 y mi primer campeonato nacional lo ganamos en 67. Llegué muy deprimido a mi casa. Recuerdo que mi tía me vio tan mal que me abrazo muy fuerte y dijo que no me preocupara».

Al otro día,  una angustiada secretaria de la Unidad fue a buscarlo hasta la alberca.Tenía llamada telefónica de Josué Sáenz, el presidente del Comité Olímpico Mexicano.-

– Díganle que estoy entrenando que termino a las 9 de la noche-

-Oiga la secretaria de este señor está muy enojada, dice que es el presidente del Comité de la olimpiada-  Me cayó el veinte y le fui a contestar. Me dijo que el doctor Sáenz  me esperaba en 40 minutos para algo relacionado con ser auxiliar del entrenador norteamericano, Ronald Johnson.

Nelson llegó todavía con los pants mojados y las botas de plástico que usaba para estar cerca de la alberca.

-¿Por qué no atendía el teléfono?

-Estaba entrenando, señor Sáenz

-Usted ama esto, verdad. Haber ¿Cuanto gana?

-700 pesos mensuales

-¿Le gustaría ganar ocho mil?, pero tendría que darse tiempo para ayudar a Ronald y seguir con su trabajo, porque esto nada más dura hasta los Juegos Olímpicos.

-Yo me las arreglo. Veo la forma de llegar al entrenamiento y en la Unidad meto a mis muchachos. Ya tenía yo como 10 ayudantes. Me sorprendí, yo no quería lana, quería ser entrenador. El staff eran puros papás entrenadores, los que le metían lana a sus chamacos y los entrenaban. Yo no cabía en ese medio, era un jodido del Seguro, pero eran ocho mil pesos y dije va.

Sólo después Nelson se enteró que su tía Eugenia trabajaba con el padre de Alejandro Ortega San Vicente, ni más ni menos que el secretario general del comité organizador de los Juegos Olímpicos y quien ya había oído hablar del chamaco que trabajaba como loco en las albercas del Seguro Social.

La noche del 22 de octubre de 1968, Felipe Muñoz ganó la medalla de oro en los 200 metros estilo de pecho. Nelson, en cambio, perdió su reloj para pagar la cuenta en Don Gallito, la taquería en avenida Insurgentes a la que se le ocurrió invitar esa noche al equipo para celebrar.

San Felipe Muñoz

Pero aquella medalla lo alumbró. «Después del 68, conocí una familia que tenía una alberquita  en su casa. Le dije: oiga me la presta. Sí, úsala como quieras. En dos meses tenia 400 chamacos,  seguía en el seguro y ese era mi negocito, me dieron una lanota por lo de la olimpiada, hipotequé mi casa, tostonié los terrenos de Ciudad Azteca y empecé a hacer mi primera escuela en Coapa».

Todavía aprovechó la visita de Felipe Muñoz al Regente, Alfonso Corona del Rosal, para subdividir otro terreno que compró en abonos junto con una maestra en San Jerónimo.

-No se puede general-

-¿Cómo que no se puede?  Si aquí le mochamos tres metros al terreno y otros tres al otro y hacemos una calle,  los propietarios van a poder subdividir y ayudamos a este chavo que ya se lo jodieron»

Y la calle se hizo. «Se llama segunda cerrada de Guerrero numero 20. Siempre he pensado que debía llamarse San Felipe Muñoz. Esa calle la hicieron mis nadadores, que  para hacer condición física iban al río por piedra bola y la subían».

Hoy que tiene 11 escuelas y un deportivo, más de 15,000 alumnos en sus Acuáticas, el ahora funcionario no deja de suspirar.

«Una de las cosas más importantes que logré es que la natación dejó de ser elitista. Eso fue extraordinario: lograr que las ultimas medallas de las siete olimpiadas hayan sido de gente humilde. Eso es lo que más me deja satisfecho. Haber logrado que 67 alberca del Instituto Mexicano del Seguro Social funcionaran igual que ahora funcionan mis 12 escuelas».

El éxito empresarial fue algo colateral.  «En el 73 me dijeron allí está el equipo y me hice cargo. No me fue nada mal en los Centroamericanos de Santiago de los Caballeros en  74. Venían los Panamericanos de México y contrataron a un extranjero, no me tuvieron confianza. Me di cuenta que tenía que hacer lo mío. Tenía aspiraciones de romper una cadena de fregadez histórica, tenía ese deseo de que mis hijos no tuvieran ese problema».

Pero cuando los problemas se acumulan en la Comisión Nacional del Deporte,  el profesor suele recordar el diminuto pergamino de oro con brillantes que aquellos padres de familia de la Unidad Morelos le regalaron con mucho sacrificio «Al mejor entrenador del Mundo, Nelson Vargas».

Hace una pausa: «Estoy convencido que soy un hombre con demasiada suerte. Creo en la suerte, pero siempre he pensado que los resultados no nada más se dan con suerte. Si aparte trabajas como animal y crees que tienes suerte, ya vas de gane». Luego regresa a batallar.

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