Memorias de un mexicano en el Everest

DANIEL ESPARZA

Ricardo Torres Nava fue el primer mexicano y primer latino en lograr la Cumbre del Everest, montaña que el 29 de mayo del 2020 cumplirá 67 años de haber sido conquistada por Edmound Hillary y Tensig Norkay. Curiosamente, la Diosa Madre del Mundo, como llaman los tibetanos a la montaña, decidió otorgar un lugar a un médico mexicano, que formó parte del IMSS, donde ahora tratan de vencer una montaña llamada #Covid19

Ese día me acordé  de hechos y circunstancias  que había vivido de niño, de amigos que había tenido en la  primaria, me acordaba incluso de mi maestra de kinder», rememora Ricardo Torres Nava cuando habla de los 30 o 40 minutos que permaneció en la cumbre del Everest el 16 de mayo de 1989.

Fugaces fueron las imágenes de Nueva Rosita, Coahuila, su ciudad natal y aquellas escaladas infantiles, a escondidas de su madre,  al Templo de la Paz en la Ciudad de México, el cual se estaba construyendo entonces en la colonia Anzures.

Recordó a los secuaces infantiles, de la colonia Anahuac, que le enseñaron a meter las manos cuando era hora de defenderse y a su tía, Ofelia Madariaga, quien a los 11 años, para celebrar su cumpleaños, lo llevó a acampar a las faldas de Ixtacihuatl.

«Al amanecer veía la silueta de la Mujer Dormida. En ese momento me enamoré de la montaña y dije esto es lo que quiero hacer en mi vida»

Veintitres años después, ese 16 de mayo de 1989, de pie ante lo que llaman el techo del mundo, una especie de corniza azotada por los vientos y la nieve sobre la que nadie puede pararse a riesgo de rodar los 8,800 metros que separan al mundo de la cumbre del Everest, Ricardo Torres Nava no podía dejar de recordar.

«Me decía, esto no tienen nada que ver y llegaban a mi mente los recuerdos como una película que me iban pasando. Hubo muchas lágrimas, el recuerdo de mi madre, que murió en 1977 siendo yo muy joven».

Los ires y venires a diversos laboratorios de la química farmacobióloga,  Olga Nava Treviño, para sacar adelante a los tres hijos del disuelto matrimonio. «Iba de un hospital a otro. Yo crecí en los hospitales. Allí había oportunidad de hacer la tarea, estudiar. Primero quise ser dentista, pero luego me dio por la medicina y fue a lo que me dediqué».

El paso por el Instituto Mexicano del Seguro Social como médico general. «Lo poquito que me daban de aguinaldo, salario, lo invertía en una cuerda, en unas botas, una mochila, en una buena tienda de campaña. Mi familia y amigos como que no lo entendían. El dinero era para irse a la discoteca, dar el enganche de un coche o para comprarse ropa, otras necesidades que no eran las mías».

Y la memoria que liga todo en ese instante con hilos de miedo, incertidumbre y agotamiento. «Varias cosas se me juntaron en ese momento, sentimientos encontrados, sensaciones, pero el impacto de ver la curvatura de la tierra y el temor era lo que más sentía en ese momento».

Atrás quedaban las primeras aventuras en las llamadas colas del Diablo, del cerro de La Estrella, con apenas lo indispensable.  «Íbamos a la montaña sin el equipo adecuado y salimos ilesos afortunadamente. Me tocó todavía el tranvía, agarrábamos el camión a Toluca, por la vía libre y nos bajábamos en los cerros: Telapón, Tlaloc, los valles donde ahora no se puede andar porque han ocurrido una bola de asaltos. Hace una semanas dos chicas violadas por el lado de San Rafael, tres expediciones asaltadas en la zona de la cabeza del Ixta, definitivamente eran otros tiempos»

Ese 16 de mayo de 1989 , Ricardo Torres Nava era ya el primer primer mexicano, el primer latino, que alcanzó la cumbre del Everest, algo para lo que parecía no estar destinado.

La conquista

«Exactamente lo que le pasó a Hilary hace 50 años lo mismo me pasó a mí», recuerda Torres Nava a propósito del aniversario en que Edmund Hillary se convirtió en el primer hombre que alcanzó la cima del Sararmata, la diosa madre del mundo, como llaman los tibetanos a la montaña; Everest como la conocemos los occidentales por Sir Everest, el primero que la exploró.

«Hillary siendo neozelandes iba con una expedición de ingleses. Yo siendo mexicano iba con una expedición estadounidense. A Hillary las estrellas de su grupo lo mandan a segundo grupo, lo mismo me pasó a mí.  Simplemente los estadounidenses me dijeron: te tienes que disciplinar y obedecer»

Torres Nava tuvo que vencer la incredulidad de su equipo. «Esos grandes egos y soberbias lejos de aprovechar sus conocimientos, su experiencia, les costó no haber alcanzado la cumbre. Yo era del segundo equipo con dos sherpas, como le pasó a Hillary, fue que pudimos hacer un trabajo de equipo verdadero».

No fue fácil, incluso desde antes de siquiera acercarse al Everest. «Había un candidato oficial que era Carlos Carsolio que tenía los apoyos, los patrocinios, la  publicidad. Yo iba con una expedición estadounidense, el matrimonio Carsolio con una expedición polaca, por rutas distintas cada quien. En ese entonces teníamos comunicación.  Estábamos una arriba de otro y a diferentes alturas pero no había nada escrito. Llegó un momento en que Carlos estaba montado como a los 8 mil metros, hablé por radicomunicación con él y le desee lo mejor, pero no pudo, se agotó, tuvo que bajar. En eso vino mi oportunidad y pude despegar».

El 15 de mayo Ricardo Torres Nava, los sherpas Pudory y Andano, asi como el doctor Walter Macconell atacan los 8,000 metros de altura. El médico, dueño del Dover General Hospital de New Jersey, conoció a Torres Nava en 1986 cuando el mexicano lo acompañó a conquistar el Aconcagua y fue quien lo invitó a la expedición estadounidense.

«Yo les manejaba sus expediciones a diversas compañías de Estados Unidos. Era una especie de administrador de sus viajes. Me decían: te mandamos tantos grupos y les manejaba desde la recepción de la gente, subirlos a la montaña seleccionada y mandarlos de regreso a sus países de origen. Esas compañías me aportaron mucho, tuve un gran conocimiento de lo que es el área, liderazgo, planeación, organización. Si hacemos analogías con la vida misma, vemos que hay una gran similitud en lo que es la visión, la planeación de una montaña. Lo que yo llamo el Everest cotidiano, la montaña de todos los días «.

Macconell quería convertirse en el primer hombre de 59 años en alcanzar la cumbre. Comenzó el ataque de los últimos 800 metros a las 3:30 de la madrugada, hasta que confesó al mexicano que no podía aguantar el paso.

«Después nos enteramos que había estado escalando con dos costillas fracturadas, se había caído en la cascada y no nos dijo. Nos dimos cuenta que  psicológicamente era un fuera de serie. Estar aguantando ese castigo, a esa altura, era demasiado»

Torres, Pudory y Andano continuarían solos. «Decidimos en ese tramo de los 8 mil hasta la cumbre no utilizar cuerda para hacer un trabajo de equipo rápido. Es decir el que fuera en punta se movía un poquito y después de cuatro pasos el siguiente, para ir avanzando prácticamente sin detenernos».

Así llegaron al escalón de Hillary, una pared vertical de piedra y hielo de apróximadamente 14 metros de largo pero apenas 40 centímetros de ancho, con un vacío de 3000 metros por ambos lados.

«Yo tenía la esperanza de encontrar un pedazo de cuerda porque diez días antes habían subido los yugoslavos, pero cuando llegamos, con mucho terror, veo que no había ninguna cuerda. Entonces decidimos escalarlo. Yo, con muchísimo miedo, me tuve que quitar unos guantes exteriores para sentir la piedra y el hielo. Cuando brinqué ese paso temblaba del miedo. El primer pensamiento desde allí hasta la cumbre fue ¿cómo bajo este pedazo?»

A las 3:30 de la tarde, 12 horas después de haber salido del último campamento, Pudory es el primero en alcanzar la cumbre.

«Yo iba en medio y atrás de mi viene Andano, el otro sherpa. Pudory me animaba para que llegara y yo al mismo tiempo jalaba Andano para que se animara. Los tres íbamos sumamente agotados, creo que Andano era el más tronado. Se detenía cada paso para reponerse, finalmente logro que Andano me alcance y decidimos los dos avanzar a la cumbre juntos».

Andano fue quien tomó las fotos de Torres Nava con la bandera mexicana que le había regalado Elsa Avila. Además del cansancio, el mexicano no había podido beber nada porque olvidó sus dos litros de agua en su bolsa de dormir.

«La falta de líquidos es mortal a esa altura. Si no hubiera estado en buena condición seguramente me llega fácil un edema pulmonar o cerebral, ya que empiezas a retener líquidos y como no estás ingiriendo se vienen los problemas».

Sólo 30 minutos estuvo en la cima, 40 a lo mucho. «Cuando volvimos al escalón de Hillary yo temblaba del miedo, decía ¡Uta! me la voy a partir. En ese momento como que brincas una línea. Dices, quiero estar lo más sereno posible para ver si cada movimiento lo puedes sacar bien.  No tenemos ojos abajo, así que no vas viendo de donde te puedes agarrar. Pudory  empezó a bajar muy rápido, Andano y yo íbamos más despacio. No traíamos cuerda y cada paso era de mucho cuidado»

Torres Nava llegó hasta la cumbre sur, con los goggles empañados da un paso en el vacío y rueda cuesta abajo.

«Hay una  técnica de auto detención con el piolet y yo luchaba  por clavarlo, fueron como dos o tres intentos hasta que finalmente me detuve. Voltee hacia arriba y Andano venía muy despacio»

-¿Cuánto caí-

-Más de 100 pies-

-Tengo mucho miedo-

-Yo también tengo mucho miedo-

El sol comenzaba a ocultarse cuando Torres Nava y Andano regresaron a su ruta y volvían al campamento a 8 mil metros. Habían pasado 22 horas desde que salieron.

«Me pregunta el doctor Macconell ¿dónde está Pudory? En ese momento me caen los veintes. Me acuerdo de haber visto un piolet a determinada altura, en la parte que había mucha pendiente y me acuerdo que era su piolet. Fue un error porque el utilizaba el piolet como bastón a la hora que cae suelta el piolet y no puede detenerse».

Los tibetanos piensan que Saramarta, la diosa madre del mundo, ocasionalmente hace el honor de tomar a uno de sus hijos para que se quede con ella. Los cuerpos rara vez se recuperan. Para la viuda de Pudory, de 17 años y un hijo de brazos, quedó la promesa de que reencarnará en un ser superior que dará grandes beneficios a su familia y a su comunidad.

Fue una de tantas muertes que ha visto Torres Nava en la montaña.  «Desde muy chico vi la muerte en los hospitales, pero acá es algo que tú elegiste, que tú estás luchando para superarlo o quedar en el intento y al final de cuentas es muy válido y te tienes que acostumbrar a ello porque si no te puedes fracturar psicológicamente».

En 1992 vio desprenderse a su amigo Adrián Benitez de la pared del  K2, sin poder exhalar siquiera un grito de dolor. Nunca alcanzó la cumbre y aprendió que éxito y fracaso van amalgamados.

«Para ser feliz, debes de entender perfectamente que no lo puedes tener todo en la vida, ni lo puedes saber todo en la vida y esto es bueno para tu ego. Creo que la más alta de las condecoraciones es el trabajo de cada quien y hay que ganarse el pan  todos los días. Decía  Jacobo Zabludosky, hay que meter el gol de hoy, los goles de ayer fueron de ayer. Soy una persona que disfruta mucho sus recuerdos pero no vivo de ellos, vivo de mis proyectos y mi día a día».

Por ello encuentra delicioso asistir a conciertos de jazz, recordar sus clases de trompeta y bajo, tocar la guitarra o sacar las parrillas para asar. «Me gusta el salmón a las brazas, lo preparo con albaca morada, albaca verde, un poco de pimienta, yogur natural. Hay que dejarlo marinando y meterlo a la parrilla. El atún me gusta mucho en filete y prepararlo con una salsa de soya con limón y ajonjolí.»

Los fines de semana saca alguna de las chamarras, llena de estoperoles, decoradas por su amigo Sergio Arau, el imprescindible como lo llama, arranca la Harley Davidson modelo Dayna 1994 y con su esposa abrazada atrás se pierde en la carretera que va a Cuernavaca.

 «Me ha pasado que las señoras me ven y agarran sus bolsas. Me da risa, porque es lo que ha pasado desde Marlon Brandon, Nacidos para perder, Easy rider. No soy cuate de Salgado Macedonio, pero no creo ser tampoco un representante de los bykers».

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