Maratón de Berlín paso a paso….

EDGAR VALERO BERROSPE

Regreso de mi aventura de correr en el Maratón de Berlín con un tiempo digno de un veterano de mi edad, pero sobretodo, entendiendo como siempre, que participar en una extenuante prueba como esta, termina por ser un asunto meramente personal, pero que quiero compartirle por tratarse de una de las jornadas más complicadas de mi vida no tan profesional de deportista…

Berlín tiene el mérito de que ahí se impuso el récord mundial de los 42 kilómetros y 195 metros, una ruta, digamos, planita, pero hermosa. A pesar de que considero que tantas oportunidades de visitar tantos países (73 en mis 33 años de carrera como periodista) me han quitado gran parte de mi capacidad de asombro, en las varias oportunidades que he tenido de visitar la, nuevamente, capital alemana, nunca deja de asombrarme que ahí en particular se perdieron dos guerras y la vitalidad de su gente ha permitido que siga siendo una de las más bellas ciudades del mundo.

No tuve la suerte de vivir una jornada en condiciones más o menos normales, no, por el contrario, una lluvia incesante y un viento violentísimo estuvieron a punto de robarme, a mi y a muchos de los casi 50 mil participantes, las ganas de completar el trayecto. El frío que calaba hondo, de pronto, por ahí del kilómetro 23 me decía cuando llegaban las ráfagas, que “ya es suficiente”. No fui el único que se encontró con que el llamado factor de congelación que bajó la temperatura a apenas unos 4 o 5 grados centígrados, nos estaba condenando a una especie de muerte lenta.

Sin embargo, no fue difícil darse cuenta que bajar el ritmo era “enfriarse” y cada kilómetro resultaba ser  más cruel, así que del maravilloso ritmo de 5 minutos por kilómetro, “mi epopeya” se fue ralentizando hasta que hubo kilómetros de 8 minutos, “34 minutes behind” me indicaba mi reloj, y me faltaban aún otros 15 kilómetros, así que mientras la lluvia arreciaba, no quedó de otra que “echarle” el resto para no volver a sufrir lo de hace cuatro años en Chicago cuando ya casi no había nadie en la meta cuando llegué.

El público ferviente apostado a los costados de las calles y avenidas, las campanas de las iglesias saludando con su repicar a los participantes, la música festiva de bandas y grupos, organizados y espontáneos sirvieron de mucho. Sentirse perdido en la complicada trama de los 42 kilómetros en Berlín no duele tanto cuando el paisaje obliga a disfrutar y olvidar la calamidad de que las manos están entumecidas, las plantas de los pies duelen, el pecho empieza a “ronronear”, las respiración es más agitada cada vez, pero no venimos tan lejos para no alcanzar la línea de llegada que no estaba en la Puerta de Brandenburgo, como pudimos haber supuesto, sino 195 metros más adelante que para algunos como yo, fueron una eternidad, un minimaratón para, finalmente, recoger la medalla que ya no llevamos a grabar con nuestros nombres.

Me deja grabados muchos recuerdos lo que ha pasado, caras amigables y otras no tanto. Solidaridad y soledad alternadas al ritmo de los pasos o las zancadas, más de 45 mil que en promedio son las que se tienen que dar para alcanzar el objetivo.

Una organización impecable, que nada tiene que ver con el Maratón chafa de la Ciudad de México que de un año a otro pasó de ser un maratón dorado a uno del montón. Hasta en la conexión de la organización con su gente, con sus participantes, miles de ellos mexicanos, no me equivoco cuando cito esa idea, es que había más banderas mexicanas que alemanas o de cualquier país en el recorrido. Los mexicanos siempre vamos a todo, siempre estamos en todo, somos conquistadores, aunque no seamos famosos por eso…

Alemania es una potencia en lo que sea, si Albert Einstein no hubiera emigrado a Estados Unidos, créame que hoy, todos seríamos alemanes. Su organización raya en la perfección. Todo está donde debe y en la cantidad que debe. Merecen una etiqueta no dorada, sino platinada, nada quedó a la deriva.

No, corrijo, excepto el atrevimiento de la aerolínea Lufthansa de mandar a su Airbus A-320 con salidas de emergencia que no funcionaban, para traer a más de 300 mexicanos desde Munich,  mientras sus funcionarios en el aeropuerto nos decían que si pagamos “más” por tener acceso a lugares definidos en el avión, “mande un correo electrónico a esta dirección”… 

Pero… ¿Un avión sin salidas de emergencia? ¿y se habrán enterado las autoridades aeronáuticas y aeroportuarias en México?… No, seguro que no… Estaban atendiendo el plantón del los rebeldes expolicías que se le salieron de la bolsa a la Cuarta Transformación… No todos son borreguitos de paga barata… Definitivamente no… 

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