Los golpes de Lavolpe

 

 

En el 2002, México pasó del alarido al llanto, hasta caer en la furia.

Primero, la emoción fue un fuego que nos encendió el alma cuando Oswaldo Sánchez cayó de rodillas, en el estadio de Nuremberg, levantó sus brazos al cielo y se fue derritiendo por el llanto en honor de su padre, Felipe “Felipao” Sánchez, muerto de un repentino infarto el 8 de junio, tres días antes del debut de México ante Irán, en el Mundial de Alemania.

Con dos goles de Omar Bravo al 28 y al 76, y uno más de Sinha al 79, la euforia consoló al arquero tapatío al lograr un prometedor triunfo de 3-1. La soberbia actuación de Sinha hizo olvidar la controversia desatada por la inclusión de los naturalizados en el equipo mundialista y las excentricidades de Lavolpe, con su corbata de dragones, su bruja de cabecera y unos números casi perfectos: 18 juegos previos, incluido el hexagonal, 15 victorias, un empate y un descalabro.

“Soy un hombre de ideas fijas -señaló durante la entrevista y con esa bandera retó a todos-. Sabía que iba a pelear contra lo difícil, pero no pensé que era tanto. Parece que uno estuviera dirigiendo a Alemania, a Inglaterra, equipos que han logrado todos los objetivos. Te dicen: tenés que ganarle a todos y dice: mirá, pasaste una eliminatoria bastante difícil, se le cortó la cabeza a un entrenador (Enrique Meza), una sub 23 quedó fuera de unos Juegos Olímpicos con jugadores con mucho más renombre futbolístico de los que tenemos ahora. Entonces no podemos pensar que estamos bien y yo escucho como si estuviéramos bárbaros”, decía Lavolpe.

De hecho, nunca lo estuvimos.

Ante Angola el 16 de junio, en Hannover, México desperdició una excelente oportunidad de calificar al empatar sin goles en el juego inolvidable para el arquero de Angola, Joao Ricardo, resaltada por el hecho de que Angola jugó los últimos 15 minutos con diez hombres.

Decepcionados, el Tri llegó al juego contra Portugal urgido de ganar, pero fue Portugal, sin Deco ni Cristiano Ronaldo en la cancha, el que usó 25 minutos para desarticular al equipo nacional con goles de Maniche y Simao, de penal. “Kikín” Fonseca redujo en el segundo tiempo, pero Luis Pérez salió expulsado y Omar Bravo, perdonó un penal que hubiera sido el empate para frustrarnos aún más.

Parecía que la aventura se iba a terminar, hasta que Francisco Ramírez susurró algo al oído de Lavolpe y el técnico se fue a sentar a esperar el término del juego. Angola no había podido vencer a Irán y México se alistaba a enfrentar, como segundo lugar de grupo, al seleccionado de Argentina, el equipo que vistiera de campeón mundial en 1978 al técnico mexicano, aunque sólo fuera en la banca, como tercer portero.

En Leipzing el escándalo siguió envolviendo a los mexicanos. No sólo por la euforia de nuestros paisanos, sino por la desfachatez de nuestros directivos que se vieron involucrados en la reventa de boletos hasta por 3,000 pesos.

Sólo los jugadores no perdieron la dignidad.

Aquel 25 de junio México perdió su mejor partido del Mundial, en un encuentro donde a la selección mexicana le sobró el entusiasmo… pero le faltaron goles.

Guardado y Morales jugaron con descaro el primer tiempo y Rafael Márquez puso a soñar a México al anotar a los cinco minutos de juego. Pero Crespo empató el juego para que el segundo tiempo se cargara de angustia, como una película de suspenso donde uno teme el desenlace.

Y llegó el pánico, cuando la estrella naciente Leonel Messi anotó un gol que le anularon en discutido fuera de lugar, para trasportarnos a los tiempos extras en donde México tampoco ha aprendido a ganar.

Han sido 14 juegos oficiales entre México y Argentina. Cinco victorias para ellos, dos para México, 7 empates y el recuerdo de aquella final de Copa América de Ecuador 1993, donde el genio de Gabriel Batistuta nos mató con dos goles. ¿Podremos romper ahora el cerco de la historia?

No… En tiempos extras, fuera del área, Maxi Rodríguez recibe el balón, lo baja con clase y dispara el tiro de su vida. El balón viaja girando en el aire. 100 millones de ojos en México lo ven despegar y caerse al ángulo del arco donde Oswaldo Sánchez se estira, extiende los dedos como si quiera sacarle un centímetro más a sus largos brazos. El balón pasa, el rostro del arquero tapatío lo sigue con una mirada doliente. No hay remedio, el balón cae en el punto donde nada podría detenerle. 2-1, Argentina elimina a México y termina con la era de Lavolpe.

México llega a 45 partidos mundialistas, 11 ganados, 12 empatados y 22 perdidos, pero lo que arde en el ánimo es que la historia nos siga negando el  quinto partido.

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