Los fantasmas beisboleros de la Plaza Delta en la #CDMX

En el 2005, en ocasión de la inauguración del Centro Comercial que sustituyó el Parque del Seguro Social, hice para El Economista esta crónica del viejo estadio de beisbol donde inicié mi carrera trabajando para La Afición. La foto fue un regalo que me hizo uno mis maestros de vida: Don Sotero Gutiérrez.

Daniel Esparza Hernández

Tal vez ni siquiera Babe Ruth, cuando viejo y enfermo estuvo aquí invitado por Jorge Pasquel en 1946, provocó tantos tumultos como los que ya se ven un fin de semana cualquiera en la nueva Plaza Comercial del Parque Delta.

Bueno, es probable que ni aquella visita de los Piratas de Pittsburgh en 1958, trayendo a Roberto Clemente y Bill Mazeroski, ese mismo que pasaría a la historia por uno de los jonrones más dramáticos para ganar una Serie Mundial, haya reunido tanta gente en esa esquina donde se formaba el delta del Río de la  Piedad, cuando aquello eran alfalfares y campos de cultivo que alimentaban a la metrópoli.

Es difícil imaginar ahora los establos que se instalaron aquí, en la época de Porfirio Díaz para guardar las mulitas que jalaban el tranvía, y a los pelados que se solazaban en esta enorme superficie para jugar pelota, donde ahora  habrá un nuevo complejo de salas cinematográficas a partir del 23 de noviembre.

No puedo evitar cierta nostalgia cuando entro a Liverpool, ubicado en el mismo lugar donde durante años estuvieron las oficinas del Seguro Social y donde don Manuelito nos dejaba entrar temprano a los reporteros, cuando todavía no se abrían las puertas al público.

-Me voy a sobar la pata, para que te vaya bien bonito- solía decirnos el humilde portero de rodillas chuecas, que haciendo un gran esfuerzo abría el portón, por donde se entraba de inmediato al dogout de los Tigres.

Calculo que donde ahora está la tienda de Gigante estaba la caseta del México, donde los reporteros aspirábamos a entrar al cubículo de Benjamín “Cananea” Reyes para alguna entrevista sabia o laxa, llena de bromas, antes o después del partido.

Quizás donde hoy está esa tienda Sex Jeans estuvo el montículo donde lanzó Max Lanier, después de fugarse de las Grandes Ligas para aceptar la oferta de Jorge Pasquel; el mismo cerrito que abandonó Ramón Bragaña para salir a golpearse con Ernesto Carmona, cuando le ordenó pasarle buenas bolas al enfermo Ruth.

Los tacos de cochinita quedaban a la altura del acceso de la plaza, tal vez un poco antes del señalamiento de aluminio que marca todos los nuevos sitios donde ahora pueden ir padres, niños y adolescentes para comprar y divertirse en forma diferente.

Y allí, en el segundo piso, tal vez a la altura de la Tienda Martí, estaban las tortas de la güerita, fiel vendedora de los reporteros que se negaban a caminar la larga escalera hasta el tercer piso, donde se encontraba el palco de prensa original.

Camino por Liverpool, donde se sacudían las tribunas con el grito de ¡”Pobres diablos!” que recibían en respuesta el “pinches gatos”, desde el otro lado.

Paso por el departamento de perfumería,  a la misma altura donde habrán volado miles de pelotas disparadas a los jardines para ser atrapadas por el “Diablo” Montoya, o donde muchas despegaron hasta lo que hoy sería el final de la tienda conectadas por Jack Pierce cuando rompió el récord de 46 jonrones de Héctor  Espino para dejarlo en 54, en la temporada de 1986.

No puedo olvidar aquellos vuela bardas conectados por Nelson Barrera que fueron sumando lentamente la cifra de cuadrangulares más grande que haya dado un hombre en toda la historia del beisbol mexicano.

Mis hijos no lo entienden viendo tantos  juguetes, estereos fabulosos, maravillosas televisiones planas y esos atrayentes aparadores de ropa, quizás en el mismo lugar donde ví una vez enfurecerse al ingeniero Alejo Peralta y romperle un uniforme a Matías Carrillo, por haberse regresado sin permiso de las Grandes Ligas.

Sólo Maricarmen suspira conmigo pensando en las tardes que se quedaba esperándome hace 23 años, cuando tenía que hacer mis entrevistas antes de llevarla a su casa, platicando con la güerita de ese juego que ninguna de las dos entendía.

Hoy miles de familia hacen en Plaza Delta sus compras, pasean, deambulan en un lugar más propio de la metrópoli de lo que fue el Parque de beisbol y los únicos fantasmas beisboleros están en el estacionamiento, donde las secciones han sido llamadas Casco, gorra, catcher, manopla, en honor de lo que fue algún tiempo un templo del deporte para una ciudad que debe por fuerza cambiar con los nuevos intereses de su sociedad.

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