Las tristes memorias de México 85

(Tomadas del Libro La Copa de las Fantasías de Jorge Che Ventura y Daniel Esparza)

Entre las montañas de hielo, desparramadas en el parque de beisbol del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), un hombre vestido de blanco se arrollidaba junto a una mano pálida, con las uñas pintadas y una argolla matrimonial.

-Sí, estoy seguro. Es mi esposa- dijo el hombre con el rostro desencajado,  con las lágrimas recorriendo sus mejillas mientras identificaba aquel cuerpo fraccionado. Luego levantaría el acta correspondiente entre las decenas de secretarias que tecleaban, usando como escritorio las bancas del dogout, en una de tantas historias macabras de quienes reconocían algún familiar entre los restos humanos encontrados en el derrumbado Centro Médico del Seguro Social, hoy siglo XXI.

Restos que se acumulaban en aquellas pilas de hielo, ante la falta de lugares suficientes para guardarlos después de los sismos de 1985. Desde las 7:19 de la mañana, de aquel 19 de septiembre de 1985, los terremotos habían cambiado el rostro de la ciudad de México y de sus habitantes, quienes perdieron familiares, amigos y empleo con aquel temblor y con el del día siguiente, a las 19:40 horas.

El Hotel Rergis, con sus famosos centros nocturnos y sus salas de cine, había desparecido; los estudios de Televisa, en avenida Chapultepec, eran una torre de escombros y antenas caídas y el hotel del Prado, guardian del famoso mural: un domingo en la Alameda, de Diego Rivera, estaba a punto de deplomarse, mientras el parque de beisbol del IMSS, en Obrero Mundial y Viaducto, terminó convertido en una enorme morgue.

Se dijo entonces que eran alrededor de 3,500 muertos y cientos más de heridos y desaparecidos, en la tragedia más dolorosa que le tocó vivir a los capitalinos, después de la explosión de las gaseras de San Juan Ixhuatepec, conocido como San Juanico, un año antes y también en otro septiembre lleno de lágrimas.

Pocos mexicanos hubieran creído que el país era capaz de soportar más, cuando todo el sexenio de Miguel de la Madrid ya había enfrentado recortes al gasto social; una huelga estudiantil en la UNAM, paralización de obras y una inflación incontrolable que golpeaba a las clases populares.

¿Pero quién podía detener a la señora que vendía tamales  cuando salió a repartirlos entre la gente, que sin pensarlo dos veces, se metió entre los escombros en busca de víctimas de los temblores?

¿Cómo parar un país en el cual los constructores salieron a ofrecer trascabos, palas, picos, para quien quisiera emplearlos para ayudar? Y los médicos y las enfermeras que no pararon de trabajar durante días, mientras los estudiantes, los jóvenes aprovechaban sus cuerpos delgados para meterse en cualquier hueco entre los edificios derruidos; mientras los más notables, como Plácido Domingo, quien llegó a buscar a sus familiares en Tlatelolco, se quedó durante días, aprovechando su fama para pedir ayuda a todo el mundo.

Así, mientras Ramón Aguirre Velázquez, el entonces regente de la Ciudad, decidía si era bien visto para sus aspiraciones políticas  aplicar o no el Plan de emergencia DNIII y solicitar el apoyo federal; el presidente Miguel de la Madrid analizaba si era bueno dirigir o no un mensaje a la nación, miles de civiles mexicanos seguían trabajando en una ciudad cuyo centro histórico parecía un campo de guerra, obscuro, derruido, con olor a gas y gritos de sobrevivientes entre las ruinas y la desolación.

No pasó mucho tiempo para que los mexicanos expresaran su resentimiento contra aquel gobierno que se había visto tan ineficaz.

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