La era de los académicos

Desde 1982 que el presidente de Colombia, Belisario Betancourt, renunció a la organización del Mundial de Futbol, los mexicanos comenzaron a armar la estrategia para conseguir por segunda vez la sede del evento, pero hasta 1984 se decidieron por un técnico: Bora Milutinovic.

Surgido de los Pumas, Bora dio paso a una nueva generación de técnicos provenientes del equipo de la UNAM, los cuales se hicieron cargo del equipo tricolor sin haber conseguido antes algún título con su equipo.

No muchos quedaron conformes con la designación de un entrenador extranjero, pero se tenían pocos argumentos en favor de los técnicos locales tras los recientes fracasos de Raúl Cárdenas y José Antonio Roca con la selección, a pesar de haber sido campeones en sus respectivos equipos, Cruz Azul y América.

Bora fue discutido, pero polémico no. Terminó por hacerse famoso por su frase: “Yo respeto”, la cual repetía constantemente cuando algún miembro de la prensa intentaba polemizar sobre la selección de sus jugadores y su sistema de juego.

Disputó 62 partidos internacionales, aprovechando el atractivo que tiene enfrentar al país anfitrión del Mundial, de los cuales sólo perdió seis juegos, aunque algunas de esas derrotas fueron consideradas humillantes, como aquella contra el campeón del mundo, Italia, que goleó 5-1 a México en Roma.

Pero la suerte estuvo del lado del yugoslavo incluso en el sorteo: le tocó jugar contra Bélgica, Paraguay e Irak, y algún malicioso periodista lo llamó el grupo de la risa.

Por cierto, fue la primera vez que la gente discurrió celebrar una victoria del equipo mexicano en el Ángel de la Independencia, cuando con goles de Fernando Quirarte y Hugo Sánchez logró vencer 2-1 a Bélgica, su mismo adversario en el juego inaugural del Mundial de 1970.

En el segundo juego, contra Paraguay, Luis Flores puso adelante a México desde el minuto tres y parecía que el primer tramo del Mundial iba ser sencillo. Sólo que cinco minutos antes de terminar el juego, los sudamericanos consiguieron la igualada con un remate de Julio César Romero.

La suerte, que suele acompañar al equipo anfitrión llegó, cuando el árbitro inglés Courtney marcó un penal sobre Hugo Sánchez un minuto antes de cumplirse el tiempo reglamentario, pero Hugo, el jugador que se convertiría en súper estrella unos años después, erró aquel penal y pospuso la calificación de México.

En el último partido contra Irak, Fernando Quirarte consiguió el gol que despidió a los hijos del Corán de nuestro Mundial y dejó a México calificado a los octavos de final, contra Bulgaria.

El 15 de junio, en el Azteca, se construyó en el aire uno de los monumentos del futbol nacional. Al minuto 35, Tomás Boy cede el balón a Negrete que se acerca al área, toca hacia Javier Aguirre, quien devuelve la pared con un toque que deja el balón a media altura. Manuel entonces estiliza el movimiento. Se tiende por los aires y de media tijera sorprende con su disparo desde fuera del área al portero Mikhailov, quien se tuvo que lanzar en vez de aplaudir la jugada.

Para muchos, aquel fue el gol más bello del Mundial, para otros fue mejor el de Maradona regando ingleses por toda la cancha. Lo cierto es que aquella jugada quedó como una estampa inmortal del futbol mexicano. En el segundo tiempo, Raúl Servín consiguió el segundo gol mexicano que puso a los anfitriones en los cuartos de final del certamen.

Los organizadores entonces se dieron cuenta del error cometido por menospreciar el equipo nacional. A pesar de quedar en primer lugar de su grupo, México debería salir del Azteca e irse a jugar a Monterrey contra el subcampeón del mundo, Alemania.

En ese juego, el “Abuelo” Cruz consiguió un gol que hizo ilusionarse a los mexicanos y que nos anuló el árbitro colombiano Juan Díaz Palacios. Para muchos, México fue excesivamente cuidadoso y lo único que logró fue salir sin daño, pero tampoco sin dañar a los germanos, tras 90 minutos. Así que el 0-0 mandó la suerte de los anfitriones a los penales.

Manuel Negrete consiguió el primero, pero Fernando Quirarte, que había hecho ya dos goles y Raúl Servín, que también había anotado, fallaron.

Los alemanes, más acostumbrados a la ruleta rusa del balompié, dispararon cuatro y los cuatro los anotaron, para pasar a semifinales con marcador de 4-1.

A Bora sólo le quedó el consuelo de igualar el sexto lugar conseguido por México en el Mundial de 70. Su labor le llevó a convertirse en uno de los técnicos más rentables en Mundiales de futbol. Su herencia fueron Miguel Mejía Barón y Mario Velarde, que años más tarde vivirían su historia propia como técnicos de la Selección.

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