La dictadura del futbol

Dicen los historiadores que la Selección de Italia era un equipo fabricado para ganar el Mundial de 1934.

Su manufactura comenzó desde que el Duce, Benito Mussolini, designó al general Georgio Vaccaro como su enlace personal para negociar con la FIFA para conseguir el Mundial, dos años antes de que su admirado Adolfo Hitler inaugurara los Juegos Olímpicos en Berlín.

Jactancioso, Mussolini realizó hasta ocho reuniones de la FIFA en Roma para convencer a los congresistas que no había nación más poderosa y organizada, que la floreciente Italia Fascista.

Una vez otorgada la sede, continuó la construcción al ofrecer una medalla de oro y 10,000 liras de premio a sus seleccionados si lograban demostrar la supremacía del estado fascista y ganaban la Copa del Mundo.

Había 277 periodistas y la oportunidad de difundir dicha superioridad por radio, ese nuevo invento que hacia hablar al mundo de un lado a otro, aunque en unos cuantos años la guerra vendría a truncar el incipiente dialogar.

Vittorio Pozzo, el entrenador italiano, cooperó con el armado del campeón desde que detectó a Luis Monti, Enrique Guaita y Raymundo Orsi, tres jugadores argentinos de origen italiano que habían disputado con Argentina el Subcampeonato del Mundo hacía cuatro años y los incrustó en el equipo azurri que venció en la final a Checoslovaquia 2-1 en tiempos extras.

Ausente el campeón mundial, Uruguay, en revancha contra los europeos que rechazaron su hospitalidad, Italia había tenido que eliminarse con Grecia para participar en el Mundial, pero en la primera fase superó 7-1 a Estados Unidos. Después, España y su legendario arquero, Ricardo Zamora, los hizo sufrir al empatar su primer encuentro a un gol, en un juego en que la historia acusa que Zamora fue sujetado ilegalmente por Schiavio para tolerar el gol italiano de Meaza, en tanto cinco españoles salieron lesionados con el ríspido juego de los anfitriones, del que no dijo nada el árbitro.

Con esas bajas, Italia sólo requirió ese chispazo de Giusseppe Meaza, el delantero que la historia convirtió en estadio, en el segundo juego para anotar el tanto que los puso en semifinales.

Con otro solitario gol de Guaita los italianos vencieron 1-0 a Austria para llegar al juego para el que estaban predestinados desde que fueron elegidos como sede de la Copa del Mundo.

Checoslovaquia había derrotado 2-1 a Rumania en octavos de final y 3-2 a Suiza con un gol conseguido a siete minutos del final. Los checos era un equipo que jugaba entre la línea del suspenso y del drama, como lo demostró su siguiente semifinal donde vencieron a Alemania por 3-1, con los dos últimos goles a 15 minutos del final.

La veleidosa dama de la historia parecía decidida a vencer a su adversario, el destino, cuando los checos anotaron el primer gol del encuentro a los 20 minutos del segundo tiempo con tiro cruzado de Puc.

Parecía que Roma sería devorada nuevamente por las llamas que salían de los ojos de Mussolini, cuando Raymundo Orsi pudo al fin vencer la meta de Frantisek Planicka, el portero y capitán que se hizo leyenda checa en ese Mundial.

Por primera vez la final de un Mundial se fue a tiempos extras. Meazza resultó lesionado al comienzo del epílogo, pero ante la imposibilidad reglamentaria de substituir jugadores, Don Vittorio lo obligó a quedarse en el terreno hasta donde pudiera aguantar.

No fue mucho.

A los cinco minutos de tiempo extra, Meazza prolongó un balón a Guaita, quien a su vez lo cedió a Schiavio, éste burla un defensa y dispara para anotar el gol que cumplió el augurio de los fascistas.

Giampiero Combi, también portero y capitán de Italia, recibió la Copa de manos de Mussollini. No pocos lo miraron con envidia y rencor por lo favoritismos de que gozó el anfitrión, pero nadie podría imaginar que el imperio que los italianos y don Vittorio iban a convertirse en leyenda del balompié en el siguiente Mundial.

Italia fue también la selección campeona olímpica de futbol de los Juegos de 1936 y una parte más de la propaganda fascista que anhelaba la triple corona en la Copa del Mundo de Francia 1938.

Las crónicas escriben que en esa final de 1938, en el estadio Colombes, los 55 000 espectadores deseaban que Hungría se coronara campeón del mundo ante la aversión que germinaba contra los países totalitarios como Italia.

Sin embargo, los azurri ganaron 4-2 a Hungría, que volvería a perder otra final en 1954.

Al recibir la Copa italianos, húngaros y franceses se despiden sin saber que no volverán a verse sino en las trincheras, cuando una onda de muerte se expanda con la guerra en el mundo durante los siguientes 12 años.

La dorada dama alada que simboliza la Copa Jules Rimet vivirá en Roma, oculta en una caja de zapatos debajo de la cama del doctor Ottorino Barassi, vicepresidente de la FIFA, pero sobrevivirá a la estupidez mundial para seguir brillando en el mundo años después.

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