Javier Hernández, sólo “Chicharito” puede salvarlo…

EDGAR VALERO BERROSPE

Recuerdo la espectacular presentación de Javier Hernández en la Bay Arena del Bayer 04 Leverkusen, sí, ese al que simplemente le dicen el Bayer Leverkusen, donde el retumbar del sobrenombre “Chicharito”, los calificativos de “Mexican Superstar”, “Mexican Goal Machine”, era una especie de ceremonia de adoración de la más deslumbrante figura del equipo… Parece que fue hace mucho tiempo… Sólo fue hace 4 años…

Javier Hernández renunció en algún punto del camino, seguramente forzado por las circunstancias, a ser “chicharito”, ese nombre que en la cultura popular mexicana ya quedó marcado, pero que hoy luce en un desolado lugar donde ya no hay ni adoración, ni reconocimiento, injusto o no, son las críticas las que prevalecen, las burlas, los estúpidos “memes”, virulento medio de comunicación de la segunda década del Siglo XXI, que no perdonan a nadie, ni a quien se ha amado, ni a quien se ha admirado, ni a quien se ha respetado, ni a quien ha sido símbolo, líder de líderes, punta de lanza, orgullo,¿por qué no decirlo? de una nación hambrienta de éxitos, sobretodo, en el futbol.

No estoy buscando justificar a Javier Hernández, no lo necesita, de cualquier manera, cualquier defensa que se intente de el ídolo que ha traicionado a sus seguidores, pero que sobretodo se ha traicionado a sí mismo, nunca alcanzará para tratar de amainar el temporal de críticas, la tormenta de comentarios ácidos e hirientes de quienes se sienten con el derecho de dirigir su dedo índice a quien fue figura y orgullo y hoy despreciarlo y atacarlo sin piedad.

El Galaxy de Los Ángeles le abrió las puertas y lo nombró su capitán pretendiendo que un tipo carismático como Javier, al que las oportunidades se le habían venido reduciendo hasta acabar como suplente en el Sevilla, sería un excelente reemplazo para la partida de Zlatan Ibrahimovich, histórico goleador y líder del cuadro angelino. 

Pero en el terreno de los hechos, no hay nada que pueda decirse a favor de Hernández, quien sin esa chispa, sin esa hambre, olvidando sus enormes cualidades, enfrascado en justificar su pasado, su presente y su futuro a través de las redes sociales, sólo ha anotado un gol en este año, por la pandemia, por las razones o pretextos que se quiera, por lesiones, las verdaderas y las que nadie creemos, como la que lo privó de estar el fin de semana pasado ante el Carlos Vela y el Los Angeles FC, el duelo que tanto queríamos ver.

No me regocija ver en tan triste papel a un muchacho que hace ocho años visité en Manchester y era todo alegría, estaba viviendo lo mejor que le podía haber pasado según sus sueños de futbolista. Ser el goleador del Manchester United, ser el centro delantero titular del cuadro británico en aquella final ante el Barcelona. El que hacía goles de derecha, de izquierda, con la cabeza, de espalda, con el hombro, con la rodilla, con lo que fuera, con defectuosos disparos o con alardes espectaculares de técnica. Era otro Javier Hernández. 

Su gol que puso al Madrid en las semifinales de la Champions ante el Atleti en el 2015, sus goles en las Copas del Mundo de Sudáfrica, Brasil y Rusia, todos ellos fueron altamente significativos y valiosas pruebas de su capacidad. Pero su conflicto tratando de dar explicaciones a periodistas amargados, el ponerse a la defensiva en vez de guardar silencio o ser ese muchacho de gran nobleza y actitud conciliadora, agradecido con la vida, terminó por condenarlo a la crítica permanente, dejando de ser arropado por el público que antes lo amó y ahora lo desprecia. No es justo, pero así es y poco se puede hacer para cambiar el discurso.

La única persona que puede ayudar a Javier Hernánez es él mismo. En la medida que procure hacer volver a ese amado personaje llamado “Chicharito”, es como habrá un proceso de reconciliación, si es que eso es lo quiere, en vez de prepararse para vivir de una pensión de amargura que le llegará si no cumple con lo menos de lo mucho que se le pidió cuando firmó un espléndido contrato, que lejos de ser un premio de consolación, lucía como un arrogante reconocimiento a lo que se suponía era y que nada o casi, ha hecho para honrarlo…

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