Javier Aguirre, el pelotero que dirigió la selección

Para paliar la #Cuarentena, te ofrecemos este texto publicado en el libro #HistoriasDeAltoRendimiento por Daniel Esparza Hernández. ¡Que lo disfrutes!

Ni el propio Javier Aguirre Onandia se lo explica.

Su deporte favorito es el beisbol, nunca quiso ser técnico y se convirtió en el primer mexicano que dirige en el futbol de España. «¡Híjole, son cosas que el destino me tiene preparadas, y nunca rehuyo al destino», analiza sin alardear en el gesto, con un rostro ya plisado de tantas expresiones.

«No creo que yo sea un triunfador. Te lo puedo decir con el corazón en la mano. He sido accidentalmente un hombre que ha estado en sitios que se ve, pero no me creo triunfador ni mucho menos y si alguna fórmula hay, debe ser la del gran cariño que me tiene la gente que me rodea. Mi familia me quiere mucho y tengo amigos entrañables que me protegen… Y el señor de arriba que me vigila», expresa echando la mirada al cielo como quien está acostumbrado a encomendar su suerte.

Apenas ha tenido una hora para estar con sus hijos recién llegados de Estados Unidos, donde estudian, pero Javier Aguirre acepta la plática y arrima diligente un sillón para que Jorge Che Ventura esté terceando en la entrevista que inicialmente no quería: «¿Para qué hablar de mí? Usted se sabe toda mi vida, don Jorge», dijo como primera evasiva.

«Soy un tipo con muchos defectos, un hombre muy necio, aferrado, de repente agresivo, pero a pesar de mi aspecto soy muy sensible, tengo mucho cariño por mi gente. Trato de tener los pies en la tierra, sé que esto es efímero, sé que esto es nada y no me creo nada de lo que acontece a mi alrededor. Tengo bien clarito cuáles son mis valores humanos y no me salgo de esa línea. Luego entonces soy un tipo común y corriente», concluye el hombre que pudo ser tercera base o tornero de carpintería y terminó futbolista.

Era difícil suponerlo puesto que en Lindavista era mejor conocido entre los chicos que jugaban beisbol en la colonia. «Soy un frustrado tercera base. Una rola a los nueve años me rompió la boca. Allí se acabó el beisbol y me pasé al futbol, pero me encanta el beisbol. El futbol lo veo así, ¡ni me inmuto! y el beisbol (en cambio) con banderita, cerveza, le miento la madre al ampayita, vibro, disfruto, con el futbol no disfruto. Ver beisbol me encanta, es mi deporte favorito por encima del futbol. En España me vuelvo loco, me desespero. Hay una liga con seis equipos y tres son de Navarra, te puedes imaginar el nivel, pero yo ando desesperado por ver un partido en cable, por enterarme de la estadísticas, el beisbol es mi pasión».

Más de una ventana cobró su afición a la pelota. «Era más deportista que travieso. Tuve que saltar más de una vez por pelotas a alguna casa esperando que el perro no pasara. Tocar el timbre y correr, en esas travesuras si entré. Alguna vez robarme unos chicles de la miscelánea, que por cierto me cacharon», rememora en esa etapa que según confiesa, «dice mi esposa (Silvia) la tengo bloqueada».

Cuenta: «a raíz de problemas con socios de mi padre que lo desfalcaron, tuve una infancia durísima. Tan dura que dos de mis hermanos, John y Andony los mayores, se fueron a España un verano y tuvieron que estar siete años en la casa del abuelo, porque no había manera de alimentar dos bocas más. De tener todo pasamos a vivir al día. Eso te marca, pero lo digo con orgullo, además porque mi jefe nos enseñó a ser los mismos: cuando teníamos y cuando no teníamos. Eso lo aplico en el futbol, les digo a mis jugadores, hay que ser humildes en la victoria y la derrota».

La casa fue una embajada del país vasco incrustada en plena colonia Lindavista, recuerda. «Mi infancia fue algo especial porque vivía yo en una casa del país vasco, hablábamos en euskera, comiendo comida vasca, con la curriña pegada en la pared y luego iba a la escuela a hablar el castellano, pero como que mis padres hicieron allí un reducto muy especial del país vasco».

Don Basilio, su padre, fue un campesino del norte de España, para quien su mayor logro era ver que sus hijos estudiaran. «Me decía: yo no te voy a dejar ni ladrillos, ni monedas, ni ruedas, ni coches, te voy a dejar herramientas y educación y creo que cumplió con creces», recuerda Javier Aguirre quien terminó la carrera de administración de empresas en la Universidad de Iberoamericana, con 8.44 de promedio, que hasta la fecha sigue presumiendo. Tiene razones para hacerlo.

«Con esos problemas financieros que te digo, empecé a trabajar joven. En los veranos pintabas árboles, ¿te acuerdas que les ponían cal para que no se subieran las hormigas? Te daban cinco varitos o un pesito. Lavaba coches, agarraba chambitas de cargar bolsas a la señoras en el super; fui acomodador en el cine, llevábamos a la gente a su lugar por un 20 o un tostón, allá en el cine Lindavista que tiene fachada de Disneylandia»

-Ahora es el templo de San Juan Diego-

«Pues en esa esquina de Montevideo e Insurgentes acomodé gente. Pero la primera chamba que tuve fue cuando, con esa edad de tonto que tienes a los 15-16 años, mi padre me dice que la situación es crítica y no hay manera de pagarme los estudios en la escuela en que estaba. Me rebelo y digo entonces no estudio. Pues trabajas porque aquí no hay lana, me dijo mi padre».

Y don Basilio no exageraba. Javier dejó sus cáscaras diarias y se fue a pedir trabajo al papá de un amigo que tenía un taller de carpintería. «Hacía recámaras, salas. Yo pensé que me la iba a dar de gerente o algo. ¡Me dio chamba de pulidor y barnizador! Lijaba cabeceras, mesas, sillas, luego me ascendieron a tornero. A los 16 años hacía los hoyos de las patas, moldeaba las puntas y manejaba solo el torno».

Pero el destino, ese amigo que siempre busca a Aguirre fue a perseguirlo hasta la carpintería.

Güero!, hay te buscan- gritó un compañero para vencer el ruido del torno, la sierra y el parloteo de los obreros de la carpintería. El «güero» -así me decían- se quitó los anteojos de plástico sin sacudirse siquiera el aserrín del overol cubierto de manchas de barniz. «Era un señor que se presentó como un buscador del América. Me había visto jugar un par de domingos y me invitaba a jugar en el club América y allí dio un vuelco mi vida».

De Lindavista hasta Coapa

Don Basilio no estaba muy convencido, pero como buen padre decidió no oponerse a los deseos del chamaco que serio, todavía con el cabello cubierto por briznas de madera, se atrevió a pedirle una nueva oportunidad.

Padre e hijo se miraron de una forma que Javier Aguirre nunca ha podido olvidar. «Fue como un pacto tácito. Mi padre me dijo: en lo que yo hago mi esfuerzo con la lana, tú estudia. Yo prefiero un título universitario que una foto, una entrevista, un gol. Mi padre era campesino, no terminó la educación primaria y para él su mayor logro era que estudiáramos. Y todos fuimos universitarios», recuerda Javier quien regresó estudiar por las tardes, mientras entrenaba en las mañanas hasta Coapa.

«Mi padre hacía un esfuerzo para darme 10 pesos al día para el metro, una torta y un refresco. Yo cumplía yendo a la escuela y a entrenar. Antes no había metro en Indios Verdes. Cogía un camión en Ticomán, llegaba hasta Tlatelolco. Allí el metro hasta Taxqueña, de allí el trolebús y de allí a caminar porque no había manera de llegar a la calle del Toro. El más grande de todos era Enrique Borja, el único que se paraba a darnos aventón a los chavos que íbamos en la juvenil. Borja, siendo la figura del equipo paraba su Mustang, porque los demás pasaban de largo».

-Y también llegar de aventones- recuerda el Che.

«De profesional tampoco tenía coche. Debute en 78 en el torneo de Nuevos Valores, mi primer coche lo tengo en los 80. Ya había sido campeón universitario, estaba en la Ibero y viajaba en metro y aventones, porque a veces esos 10 pesos se acababan en algún billar o en dos tortas, o en algún exceso de cualquier tontería y había que pedir aventón. Llegabas a Tlatelolco de regreso ¡y con el dedo!».

-¿Noviero?-

«¡Para nada! Tímido a más no poder. Era un muchacho acomplejado de mi físico, de mi dentadura. Me dejaba el pelo largo, me protegía tras el tabaco, fumaba para que no me vieran los dientes. Novias antes de Silvia (su esposa). Yo creo que una o ninguna. La primera mujer en mi vida fue Silvia y tenía yo 19 años, así que tampoco tuve mucha oportunidad».

Aguirre jugó 15 años como profesional. Se inició como delantero, pero también fue defensa y jugó la media cuando se requirió. Fue mundialista en México 1986 y después se fue a Pamplona a tratar de conquistar un futbol que reconoce era muy superior.

«En México hace 20 o 25 años -y no me dejará mentir el Che- el que corría y luchaba destacaba. Yo era de los que me tiraba al piso, mordía y peleaba. Llego a España y todos eran iguales: todos corrían y todos luchaban. Me dije, aquí los que funcionan son los otros, los que juegan bonito, los que tienen talento. Entonces me busqué el pretexto de romperme la pierna para que nadie me dijera nada de la nostalgia y me regresé a México. No tenía futuro en España».

La verdad fue más amarga. En la fecha 11, jugando contra el Gijón en Pamplona, Aguirre se lanza a la búsqueda de una pelota contra el Gato Ablanedo y su pierna recibió toda la fuerza del encontronazo. «No me la rompió, yo me la rompí solo. Me impacté contra él. Fue un accidente del futbol provocado por mi impotencia de demostrarle a los de Pamplona que yo tenía calidad y capacidad. Luis Flores ese día nos hizo un gol y nos ganaron 2-0 en nuestra casa».

Aguirre regresó a México, su padre falleció en 1993 y tres meses después está decidido a dejar el futbol. Pero el destino es persistente y Javier nunca ha logrado evadirlo.

«Nunca quise ser técnico, nunca me veía de entrenador, sufriendo, haciendo esquemas técnicos, hablando de futbol, ni me gustaba, ni me gusta. ¿Por qué me hice técnico? Por el destino. Miguel Mejía Barón me llama y me dice: Oye Javier, me acaban de dar la selección, se fue Menotti y quiero que estés conmigo. Yo en un acto de contrición le digo, ya no estoy para jugar. Es que Menotti me había llamado un año antes ¡y yo pensaba que me llamaba como jugador! Tenía 34 años, acababa de cumplirlos el primero de diciembre y el 20 me llama Miguel. El destino me puso allí. Empecé a ver a Miguel a Memo (Vázquez), a Ariel (González). Entendí que no era esa responsabilidad que yo me había imaginado, que uno se podía divertir también en este negocio y me seguí».

-Y luego la selección, en la forma más complicada.

«Si no, no me la ofrecen nunca. No tengo el cartel para la selección. Si no la agarro allí nunca me la iban a dar».

-Pero hubo suerte-

«La fórmula fue convencer a los jugadores que éramos mejores que los rivales, que podíamos con la empresa, encontrar un buen grupo de seres humanos, subirnos todos al barco y convencerlos de que en esos cinco partidos iba a quedar marcada nuestra vida deportiva».

-¿Eso debe ser un técnico de futbol?

«Estoy seguro que mi enfoque es muy distinto al de la media. Un técnico debe ser un tipo que sepa convencer, después que sepa escuchar, organizar y luego decidir y delegar. Es un hombre como cualquier otro que tiene responsabilidades, que tiene un rol dentro de un equipo de trabajo.»

No cuesta trabajo creerle que una tarde cualquiera en Japón su celular sonó mientras descansaba frente a la alberca. «Hola, soy Patxi Izco y estoy a punto de convertirme  en presidente del Osasuna, me gustaría charlar con usted para que saber si estaría interesado en hacerse cargo del equipo».

«Mentiría si dijera que no me lo había propuesto. Había estado un año en España, pero no me fue bien, luego fui un año a estudiar y vi que mi mujer asimilaba perfectamente el cambio e incluso le gustaba y cuando me lo propusieron no lo dudé».

Ahora le falta de tiempo. Aguirre ha dejado de jugar tenis con su esposa, tampoco ha implementado técnicas de entrenamiento de beisbol en el Osasuna, como llegó a vivirlas cuando jugó en el América, donde asegura hubo batallas épicas en un improvisado diamante en Coapa con Carlos Reynoso, el Güero Cárdenas y Picau Arnaduda, entre otros.

Persiste en su hobby de la lectura. «Si me das a escoger: narrativa latinoamericana. Ese es mi rubro preferido, pero no le rehuyo a nada. No concibo un viaje México-Pachuca en autobús sin ir leyendo, tampoco un México-Madrid sin quemarme todo lo que se me aparezca. Me encanta Octavio Paz y Carlos fuentes, tuve como preferido a Vargas Llosa, leía todo de él, después ya no me gustó su manera de comportarse, no encontré congruencia en algunas cosas, lo sigo leyendo pero ya dejó de ser esa figura que yo admiraba».

Ha vuelto a la tierra de abandonaron sus padres. «El recuerdo de mi padre me encanta, estoy seguro que él lo está disfrutando, no tengo ninguna duda. Me motiva. Y mi hermano mayor también, el murió de cáncer a los 41 años. Gracias a ellos tengo una enorme motivación interna, porque la otra de mi mujer es fundamental también» y sigue confiado en lo que el destino le depara

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