Fernando Platas, un hijo de la natación y el #IMSS

DANIEL ESPARZA

A propósito de la campaña lanzada por el subcampeón olímpico entre la #Familiaacuatica para que hagan propuestas a familia.acuatica@gmail.com para mejorar la Federación Mexicana de Natación, les presento ésta entrevista del 2014 que narra su brillante historia.

Uno podría pensar que Fernando Platas estaba predestinado para los clavados: «Veía que mi mamá se enojaba con mis hermanos porque no hacían la cama y ¡uy!, mi primer clavado era abajo de la cama donde sabía que no me alcanzaba. Pasara lo que pasara me metía abajo de la cama como hasta los 12 años».

Pero no lo estaba tanto.  «No sé quién le dijo a mi papá: mételo a clavados que era el último deporte que me faltaba. Llegó y me dijo: mañana vas a ir a clavados, cuando escuché la palabra pensé que era algo así como manualidades, me imaginaba otra cosa pero nada que ver con un deporte»

Podría imaginar que Fernando nació para el deporte, pero… «Ya había pasado por todo y como que había logrado que mi papá se rindiera. Llevaba dos o tres semanas y no iba a ningún lado. ¡Padrísimo! Me quedaba en la escuela con los amigos, llegaba a la casa y a ver tele. Un día llega mi papá a la sala y estaba viendo la tele de cabeza y con un vaso de leche y galletas. Dijo ¡no compadre!, tú tienes que hacer algo, lo que sea pero lo tienes que hacer.»

Subcampeón olímpico, medallista mundial, universitario, panamericano y de Copa del Mundo, diríase que nació con vocación para ganar preseas…y tampoco.

 «Por mis hermanos empecé en la natación en la unidad Cuauhtemoc, yo era feliz en el chapoteadero con el profesor Rafa  hasta  que mi papá me dijo que iba a pasar a la alberca grande. En una alberca por la zona de Satélite, gané una competencia, esa medalla la tiene mi papá en el negocio, una medalla de bronce, creo que era dorso, tenía ocho años. Salí y le dije: Allí está tu medalla, yo no quiero saber nada de natación. Dice mi papá que se quedó sorprendido. ¡Este niño está loco!».

Y es que Fernando Platas era impredecible desde que estudiaba la primaria en La Salle de Hacienda de Las Arboledas. » Travieso a morir. Siempre en la dirección durante el recreo. La banca puedo asegurarte que sigue allí: sales de la dirección de primaria y pegada a la derecha. Yo era como muy idiático. Se iba a sentar alguien y  le ponía el crayón aguadito, puesto al sol, sin el cartón. Me acuerdo mucho del cuaderno de lechuga. Abrías el cuaderno (de alguien)  arrugabas las hojas y lo dejabas así, floreado, ¡y a la dirección!».

Pero era también independiente y decidido. «Mi mamá se ríe mucho porque le salía con unos shorts azules, un suéter como verde con café y unos botines cafés. Me decía, te vas a ver mal. No, déjame, así es la moda, así me voy . Y así me iba. Era muy chavito, pero tenía mi mundo, como que siempre mis papás me daban esa libertad».

Por eso nadie pudo obligarlo a hacer deporte hasta que lo llevaron a las clases de clavados en la Unidad Cuauhtemoc. «Llegué y  me hicieron unas pruebas, me dijeron ¿ya traes traje de baño?. Inteligentemente dije, no. Ven mañana, éste va ser tu profesor. Era Salvador Sobrino, todavía era clavadista y entrenador. Me salí  y durante cuatro o cinco días no fui. Me iba a jugar frontón, hasta que un día me dijo mi papá: te voy a ver a tu clase de clavados. Y así como te lo cuento llegué y me dijeron ¡Qué milagro!,  ya métete. Me quité el short y a tirar clavados. «.

Las  piruetas, los giros en el aire lo conquistaron.  «Todo era diferente, porque gimnasia, futbol, futbol americano eran cosas que veía. De clavados ni siquiera conocía la palabra. Llegar y haber quién hacía algo nuevo, me gustaba. Si hubo miedo, pero como que todo era nuevo y tenía ese algo, llegar a pararte al trampolín, verlo más alto, ir subiendo la plataforma, intentar dar una vuelta, ahora para allá, luego para acá».

Sin renunciar jamás a su carácter ocurrente. » Me acuerdo mucho de nuestros consejos, según nosotros. Había un muchacho que le decíamos el Pituko Pérez, que no sacaba agua y le preguntamos ¿cómo le haces?. No, mira cuando  entres al agua con la boca le haces ¡prrrttt!. ¿Y qué?  Pues no se oye la entrada y te llevas al agua. Y ahí estábamos todos: ¡prrrtt! ¡prrrtt! y nada. Pero eso sí, fascinados con las tragadas de agua».

Viajero desde niño a las giras de sus hermanos, en el 85 llegó a su primer campeonato mundial y comenzó a descubrir la rica historia de los saltos en México. «Empecé a tener contacto con la primera fuerza y es algo que clavados tiene muy fácil. Puedes seguir ejemplos. Ver a la gente de primera fuerza como era Jesús Mena,  como Ricardo Bañuelos, como José Luis Rocha, era así como que ¡guau!. Empezabas a admirar ejemplos y querías seguirlos.»

Cierta tarde su entrenador, Salvador Sobrino, llegó acompañado de Carlos Girón. ¿Saben quién es?, preguntó. No, fue la respuesta de los niños. Es medallista olimpico, dijo el entrenador.

«Me acuerdo que me impactó mucho y luego se metió a tirar clavados y todavía me impresionó más. La verdad que Carlos tenía un estilo muy elegante. Allí despertó esa aspiración. Decías hay algo que se llama Juegos Olímpicos, ellos llegaron, ya ganaron y sobre todo ese camino lo puede hacer cualquiera. Empecé a tomarlo en serio, a trabajar, ya era mi objetivo».

En 1988, en Seúl, mientras Greg Louganis impresionó al mundo al reponerse de un accidente y ganar la doble medalla de oro en trampolín y plataforma, México veía a Jesús Mena, con su medalla de bronce en la prueba de 10 metros y  Fernando Platas contemplaba otra cosa en aquel resultado.

«En 88 quedé tercero en el selectivo para Seúl. La verdad es que yo admiraba a Jesús y a Jorge Mondragón, eran el top. Me acuerdo que en 10 metros, un clavado antes de que terminara la competencia, iba arriba de Jesús y fue algo así cómo ¿qué está pasando?. Luego va Jesús a ganar una medalla olímpica, dices, entonces yo también puedo. Alli me nació el hambre, el querer hacer cosas, y empaparme de lo que es clavados, no nada más está Jesús, Carlos, toda la historia de clavados».

Cuatro años más tarde Fernando Platas iría a Barcelona recién operado de una muñeca, empujado por la ambiciosa dirigencia deportiva que quería ocho medallas y sólo consiguió una. «Creo que de Barcelona aprendí tanto que ese año me volví mejor persona y atleta. Un buen año lo tuve en 90 y el Fernado Platas de 90 a 93 nada que ver, en el 93 era muy maduro. Creo que cuando tienes momentos malos, lo mejor es no pensar que son momentos malos, son momentos que te exigen mucho pero que si los sobrepasas eres mejor persona»

Cuatro años después volvería a Atlanta 96, donde disputaría dos finales olímpicas sin obtener ninguna medalla. La presión creció. Platas dejó su primer entrenador y buscaba desesperadamente la única medalla que le faltaba en su vasta colección.

«Después de Juegos Olímpicos de 96 a 97 era muy pesado. Es muy difícil terminar los Juegos y volver a agarrar la motivación y sobre todo, dos finales y no pasaba nada. Del Canamex de Estados Unidos me regresé; competí una prueba en Ciudad Juárez, decía esto se  me está haciendo muy complicado, ya no me está gustando. Allí me gana Eduardo Rueda el nacional y decido cambiarme de Gustavo (Osorio)  a Jorge (Rueda)».

«Mi papá tenía la idea desde antes: es que el señor ya tiene medallas olímpicas, ¿no te dice algo eso?. Yo le decía mi punto de vista, pero el darme chance que yo tomara mis decisiones, te daba la seguridad de tomarlas, buenas o malas, pero eran mis decisiones».

El propio Rueda tiene sus temores. «No creo que sea buen momento. Dije¡ hijole,  ahora si estoy en el hoyo! Pensé mejor entreno de aquí a la Copa y se acabó. El iba a la Universiada y me dejo con Jesús (Mena). Cambiamos listas (de clavados), yo quería tirar más difíciles  y Jesús me dijo tranquilo, tira esto. Para la competencia de plataforma llegó Jorge y me preguntó ¿te estás diviritendo? La verda no. ¡Pues diviértete!, estamos aquí para que esto sea más fácil, no más complicado. En el 97 me fue bien y pensé: esto me sigue gustando».

Jorge Rueda lo hizo abandonar la plataforma y dedicarse exclusivamente al trampolín de tres metros. En Sydney, en la final más disputada de la historia de Juegos Olímpicos,  Fernando peleaba el bronce, mientras Dimitry Sautin, tres veces medallista olímpico enfilaba a la plata. En la última ronda, el ruso sale mal de un salto de tres y media vueltas  y las puntas de sus pies chocan contra el agua levantando una oleada de suspenso en la final..

En México y Australia, los mexicanos tiemblán de sólo pensar que es el último salto de Fernado.

«Hace poco nos acordamos que en el tercer o cuarto clavado llegó Jorge (Rueda)  y me dice: ¡Vamos por medalla!. Yo me empecé a votar de la risa, en lugar de decirme algo serio me dijo una mensada. En el último clavado me dijo: ¿qué vas a hacer? y yo muy serio respondí: bien estirado, altura, velocidad, bien cerrada la bola  y caer  vertical. ¿Y si ya sabes pa’qué vienes a decirme? Súbete, el trampolín es todo tuyo, lúcete. En ese momento dices, va, esto es lo mio.»

Sin expresión en el rostro Fernando preparó su clavado. «Siempre me doy ánimos y  pienso que en el mejor lugar donde puedo estar es donde hay presión. Me encanta estar arriba de un trampolín y tener que tirar tu último clavado de nueve. La presión es mi mejor estado de ánimo, es el mejor lugar donde puedo estar».

Platas ejecutó un salto de calificaciones de nueve. Por segundos fue campeón olímpico, hasta que el chino Xiong NI consiguió una ejecución de 8.0 que le dio por cinco centésimas de punto la medalla de oro y por primera vez, en ocho años, México había recuperado una medalla de clavados. La número 10 en toda la historia, donde sólo Joaquín Capilla consiguió cuatro en distintos Juegos Olímpicos, además de ser el único campeón olímpico.

«Eso es lo padre de clavados, todo mundo dice que en nuestro deporte compites contra ti mismo, pero también compites con la historia y eso es padrísimo. Me embeleza y me apasiona decir que Joaquín tiene tantas medallas panamericanas y yo tantas, que Carlos tiene tantas de Copa del Mundo y Marijose (Alcalá) tiene de campeonato mundial, obviamente Joaquín es lo máximo.  Es completamente un incentivo».

Avocado a los Panamericanos, donde sigue intacto el récord de Capilla de ganar medalla de oro en todas las pruebas, Platas apuntó para Atenas.

«Creo que simpre piensas más alto. Después de Sydney dije si me quedo tengo que mejorar. Ojalá sea de la mejor y  si no se da, hay que pensar en lo más alto. Eso muy halagador para tu carrera dejar  parámetros altos».

Entretanto ha terminado su carrera de administrador en el Tecnológico de Monterrey, la carrera que eligió por ser compatible con sus deseos de seguir compitiendo y ahora disfruta como nunca de su tiempo libre.

«Antes con la escuela era ir de arriba a abajo, ahora me he vuelto más pansiflorino. Me gusta mucho ir al cine,  a desayunar con tranquilidad, que no me muevan, así te sabe rico.Me gusta mucho salir de la ciudad, me late estar con mis cuates y tratar de pasar el mayor tiempo con mi familia».

Frustrado coleccionista de comics y efigies de Batman, no puede evitar la carcajada cuando justifica su eterna evasiva de arrancar la recopilación. «¡Soy bien marro! Llego a la caja y cuando me dicen el precio, lo dejo. Lo que tengo es porque me lo han regalado. Es típico en la giras que los demás regresen de compras con grandes bolsas y yo salgo con un paquetito de ropa interior», acepta sin pena y sin arrepentirse, como ha sido siempre en su vida Fernando Platas.

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