En el día de la Mujer, el recuerdo de Soraya Jiménez

Esta entrevista fue publicada en el 2004, en el libro «Historias de Alto Rendimiento» de Daniel Esparza. Sin embargo, el testimonio de lucha de la querida Soraya Jiménez, sigue tan vigente para todas las mujeres mexicanas que incluso triunfando, son hostigadas, como confesó entonces Soraya. #DíaDelaMujer

Detrás de aquella Medalla

«¡Sí, sí, resuélvanlo a golpes! ¡No te dejes!» gritó con su voz grave Leopoldo González mientras colaba el micrófono de Radio Red a Soraya Jiménez, en tanto David Faitelson y Edgar Valero, de TV Azteca y Televisa, disputaban el derecho de llevarse a la primera campeona olímpica mexicana a su estudio aquella noche del 17 de septiembre del 2000 en Sydney.

Todavía aturdida por la victoria, Soraya Jiménez terminó por aceptar la invitación de Televisa, en tanto patrocinador oficial del equipo mexicano, aunque concedió que el gigantón reportero de TV Azteca la llevara a celebrar, su medalla de oro, en uno de los antros de la zona roja de Sydney. Lo único que estaba abierto cuando salió de los estudios de Televisa en plena madrugada australiana.

Esa noche, Soraya Jiménez recibió el permiso para dormir en el séptimo piso del edificio de Kent Street 330, en pleno Harbour City, con su madre, María Dolores, sus tíos Virginia y Manuel Mendivil, Carla Flores y Nadia Sabines, quienes viajaron desde México para acompañarla esa noche.

Ningún mexicano durmió esa noche en Sydney. Harbour City, la céntrica, resplandeciente y escandalosa ribera de la ciudad -por cierto muy cerca del centro de convenciones donde Soraya ganó su medalla de oro- vio navegar insólitas banderas mexicanas en su mar de jóvenes, sus ríos de cerveza, sus olas de rubias con caudas de jeans caídos hasta la cadera, diminutas blusas con el ombligo descubierto y generosamente escotadas.

En el diminuto apartamento de tres recamaras, cocineta y dos balcones, Soraya Jiménez llegó exhausta, todavía uniformada, casi diez horas después de haber cruzado el umbral de la historia. No tendría tregua: Entrevistas, llamadas, entrevistas, llamadas, felicitaciones, fueron el desayuno para una noche interminable.

«¡Me muero de hambre!» confesó al reportero, cuando despachó a David Faitelson y Héctor Reyes casi la obligó, una vez más, a visitar el foro de Televisa.

«Nosotros pagamos después la comida» -ofreció.

Acostada en la alfombra, al abrazo de un kanguro de peluche, Soraya reiteró que la medalla que pasaba de mano en mano de los visitantes, sería el homenaje póstumo para su abuelo, don Tomás Mendivil Ortiz.

-¿Quién era? -preguntó el reportero.

Entonces del sillón del fondo se levantó la figura enorme de don Manuel Mendivil, tío de Soraya e integrante del equipo olímpico que ganó dos medallas en Londres 1948, para tercear la charla.

-Un indio que nació muy cerca de Huatabampo, en un pueblo llamado Samicari, que significa sauce en el agua, en dialecto Mayo- Explicó don Manuel al recordar al hombre temperamental, rudo, que dejó una huella imborrable en su nieta.

Devoto del niño de Atocha, autodidacta, solía pasar horas narrando a sus nietos sus odas revolucionarias junto a Álvaro Obregón, en esas tertulias vespertinas cuando los sonorenses se dan una tregua agotados por el calor y el trabajo en la tierra.

«Cuando te lo cuentan así te da orgullo formar parte de este país» intervino Soraya sacada de su somnolencia por la charla.

Hombre de carácter, don Tomás solía llevar a sus hijos al Río Mayo para obligarlos a aprender a nadar. A don Manuel lo hizo montar, hasta el cansancio, a un cansino caballo blanco que lo tiraba constantemente. «¡Hasta que aprendas!» y así lo hizo jinete. Con esas lecciones, Manuel luego se hizo capitán del Ejército y medallista olímpico en 1980.

«Soraya solía ver la medalla de su tío y me decía: mamá, yo también voy a ganar una medalla»- recordó su madre, María Dolores, aquella mañana de ilusiones.

Cuando murió don Tomás, Soraya no pudo verlo. Entrenaba en el extranjero. Una tarde la deportista le llamó a Don Tomás.

«Voy a ganar esta medalla y te la voy a regalar»

«Ande mi’ja. Aquí la espero»…Pero por única vez, don Tomás no pudo cumplir su palabra.

«Esta noche, cuando titubeé en levantar la barra, he visto la mano de mi abuelo bajar del cielo y ayudarme a alzarla», confesó la medallista a su madre cuando pudo abrazarla, por fin, después de convertirse en la primera campeona olímpica de México.

A las cuatro de la tarde del 18 de septiembre del 2000, Soraya Jiménez, por fin pudo sentarse en el Kingoleys Australian, ante un corte de carne que se empeñó en exigir  desde la mañana.

La acompañaron sólo su familia y tres reporteros: Héctor Reyes, Rosalinda Coronado, Daniel Esparza y la fotógrafa Lilia Hernández, quienes compartieron un pedacito de gloria aderezado con un poquito de carne de kanguro, vino y cervezas.

Al salir, la noche azul sin nubes, comenzaba a caer en Sydney.

Las candilejas, los letreros, y las luces multicolores parecían robarle estrellas al cielo. La muchedumbre multinacional comenzaba a derramarse sobre el Harbour City en otra noche de cerveza, baile, medallas y felicidad. Soraya Jiménez Mendivil regresó a pie al departamento, alumbrando con su nueva aureola aquella noche olímpica de Sydney.

A partir de ese momento, Soraya se convirtió  en un  mito que muchos hombres, incluso ahora,  se rehusan a creer. «Algunos se me acercan con el pretexto de la foto y en lo que la toman ya me están tocando a ver si es cierto lo de mi fuerza. Resulta incómodo, algunos se han pasado, con tocar no prueban nada».

Se transformó también en una pospuesta abogada: «Me gustaría especializarme en medicina forense y criminología. La gente que no la conoce dice que es muy feo, sobre todo para una mujer, es más feo estar en los juzgados peleando».

Una mexicana del próximo milenio: «Todavía abunda el machismo. Requerimos de igualdad. Tanto de salarios como de trabajo. Hay discriminación para las mujeres y eso no puede ser. Ya no estamos en la época de los caníbales que la mujer va detrás del hombre. Ojalá eso se acabe. Los que vamos a sacar este país adelante somos los mexicanos, en eso no hay distinción de sexos».

Una  chica de oro, primera desde que un grupo de mexicanos participó en los Juegos Olímpicos de París en 1924. Nada más 76 años para que una mujer mexicana se pusiera de pie en un podium. Una reina efímera de México, como sucede constantemente en el deporte de México.

«Los niños me dicen que quieren ser igual que yo. Entonces yo les propongo que traten de ser ellos mismos. Cuando tienes un ídolo y se cae no sabes a quién seguir. Más vale que tengan sus propias metas. Yo soy humano, algún día puedo equivocarme y hasta caer”.

No todos los halagos la deslumbran: «La política se la dejo para la gente que nació para eso. Creo que puedo hacer mucho por el deporte sin estar dentro de la política Se puede proyectar a los jóvenes con otras actividades. A mi regreso a México quiero visitar escuelas, tratar de ayudarlos, apoyarlos lo más que se pueda».

Diezmada en lo físico, presionada en lo mental desde aquel 17 de septiembre 2000, Soraya comenzó a remar contra las presiones, la incredulidad y su cuerpo que se opone cada vez con más fuerza a la carga sobrehumana de una atleta que se empeña por lograr más.

Colecciona más de cuatro cirugías de rodilla desde que fue campeona centroamericana y campeona olímpica. Han tenido que reconstruirle literalmente las rodillas, ese impropio amortiguador que debe soportar los 190 kilos de peso que ha llegado a levantar.

«Necesitamos que los apoyos no se queden en un «vamos a ver». Con el proyecto CIMA (Compromiso Integral de México con sus Atletas) en dos años logramos muchas cosas. Con cuatro años se podrían sacar más”.

En un país de incertidumbres Soraya ha pasado sus cuatro años de campeona olímpica en disputa con las autoridades deportivas para contratar su entrenador, concentrarse en el extranjero, superar una falsa acusación de doping y ser redimida del error de haber tratado de participar indebidamente en una Universiada, azuzada por su voluntad de volver a triunfar.

Presiona, batalla, lucha, como lo hacen otras mujeres enfundadas en trajes sastres para oficina o con el viejo mandil en la trinchera de su hogar. La deportista conoce ese oficio desde que decidió irrumpir en un mundo exclusivo de varones.

Tal vez desde aquel día que en un gimnasio aceptó el reto de una compañer mayor para ver quién era capaz de hacer más repeticiones con las pesas. Tenía 14 años y la adrenalina de competir la conquistó.

Un entrenador la invitó a uno de los primeros torneos oficiales para mujeres en México y Soraya comenzó a caminar a la inmortalidad

«No debes de perder nunca el objetivo al que quieres llegar y apoyarte en la gente que te quiere. Si ya te diste de topes una vez con alguien, pues otra vez hasta que lo venzas y sobre todo: hechos, resultados. Eso es lo que hacemos las mujeres en el ámbito profesional y deportivo».

Igualdad sin renunciar a la maternidad

Los ojos, ya de por sí diminutos, se diluyen  por completo con la sonrisa de  Soraya. Denota cansancio, pero su entusiasmo por concentrarse para su próxima competencia siempre la levanta. En unas horas, México será un pedazo de luz enmarcado por la ventana del avión que la llevará hasta Bulgaria a otra concentración. La nostalgia comienza gotear.

«Yo no cambio a México por nada. Conozco otros países muy bonitos, pero México es un país que tiene una gran cultura que no hemos sabido aprovechar, sacarle jugo, pero si nos vamos imponiendo seríamos un país mejor».

¿Qué te duele de México?

«Que se tenga tanta violencia, que haya tanta contaminación. Ojalá que vayamos creciendo a nivel económico y cultural. Que la economía suba. En muchas ocasiones hay empleo, pero la gente no lo busca. Me gustaría que hubiera más oportunidades para la gente de todas las edades, que no se centren las ofertas en una sola edad. Ojalá la iniciativa privada abra esa puerta. Estamos en tiempo de cambio y ellos también tienen que darlo».

En los próximos 10 años la medallista olímpica de Sydney se imagina con su gloria guardada, mientras despacha en su oficina de abogada en espera de la hora de reencontrarse con sus hijos para contarles la historia de la niña que retó la idiosincracia mexicana y la venció.

«No puedo dejar de pensar en ser madre. Desarrollarme profesionalmente pero no dejar de ser madre o esposa. Eso es de las cosas que no debemos de descuidar porque después vienen los problemas como país. El desarrollo de la mujer tiene que ser en todos los aspectos y la igualdad también».

-¿La mujer más fuerte del mundo no tendrá problema para encontrar marido?-

La carcajada escuda la respuesta.

«No veo por qué»

Entre tanto Soraya disfruta de sus 26 años sin creerse mucho de su imagen de campeona.

“Asumo mi responsabilidad, pero me gusta divertirme. El hecho de que vaya a ciertos lugares con mis amistades, no quiere decir que sea adicta a algo. Soy un ser humano, deportista, pero también siento, me gusta divertirme y hacer otras muchas cosas».

Y no hace falta palparla para comprobarlo. Es otra de tantas mujeres únicas, imprescindibles para cualquier historia.

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