El gran juego, un cuento para el #DiaDelPadre

En el 2011 tuve el honor de ganar el Premio Hablemos de Deporte, en el marco de los 90 años de la SEP, con este cuento. La única vez que vencí a medallistas #Olímpicos. Es mi obsequio por #DiaDelPadre.Ojalá lo disfruten.

DANIEL ESPARZA HERNÁNDEZ

El día que murió papá no pude llorar. La noticia entró como en embudo por mis oídos, sin derramar una gota de dolor en mi corazón. Antes bien, sentí una chispa de alivio que prendió al instante una  hoguera de remordimientos, así que encendí el auto y me fui a buscar el cuerpo del hombre para quien mi afecto había muerto hacía mucho tiempo.

No pude evitarlo. Recordé aquellos domingos en que mamá me obligaba a acompañarlo por las mañanas, a jugar frontón con sus amigos, en un afán de que regresáramos temprano a casa y como terminaba desayunando dulces, quesadillas, mientras mi padre bebía cerveza, después del juego.

No pude pensar algo grato que me hiciera, cuando menos, dedicarle un suspiro ese día en que ya no tendríamos oportunidad de despedirnos.

Quizás aquella vez que me compró algún cuentecillo, de esos con tiras cómicas que tanto me gustaban de niño, una torta y un refresco y me dejó sentado en la banqueta, a las puertas de una cantina sin saber yo de qué se trataba todo aquello.

-Desde aquí puedes verme- me decía atisbando por debajo de esas puertas de resorte, que yo sólo había visto en las películas de vaqueros, y de vez en cuando volteaba para preguntarme si quería otro refresco o más comida, mientras él seguía bebiendo.

Recuerdo que una vez salió extremadamente eufórico de la cantina. Me tomó de la mano y nos fuimos hasta la casa en taxi- algo excepcional estando con mi padre-  Nos acompañaron tres hombres barrigones, disfrazados con sombrero texano y chamarra tamaulipeca, que apenas cupieron en el auto con su acordeón, la guitarra y un tamborcillo.

Los músicos tocaron dos o tres canciones a la puerta de mi casa, mientras los vecinos no dejaban de vernos desde las ventanas.

-Mira, ya llegó don Chevo otra vez borracho- decían y mi madre que no abría la puerta para evitarme la pena.

Por fin, con esa lentitud desesperante de los beodos, mi padre metió la llave a la cerradura, abrió la puerta y encontró sorprendido que no había nadie en la casa. Hacía horas, mi madre había salido a buscarnos, después de llamar al frontón y enterarse que había desaparecido conmigo.

¿Cuántas navidades habremos recibido el año en un autobús de pasajeros porque mi padre había llegado tomado y tarde a la casa, por estar con sus amigos?.

No, nada bueno podía recordar de aquel hombre jovial y sonriente con sus cuates, pero callado, indiferente, como un mueble más que aparecía ocasionalmente en la sala o en la mesa del comedor de nuestra casa.

Especialmente de niño, intenté encontrar en sus manos esa caricia que suponía estaba escondida para su hijo. Mi madre podía formar un carnaval en el aire por un diez que lograra en la escuela y mi padre…mi padre gemía algo parecido a un diminuto signo de admiración en la hoja en blanco de su rostro.

El día de su muerte fui yo quien le tuvo que avisar a mamá. Hacía varios años que vivían separados, con regresos furtivos de mi padre empeñado –ahora sí, te lo juro- a enmendarse.

Mi madre se desmoronó en mis brazos cuando se lo dije. Fue como si las lágrimas diluyeran ese cuerpo frágil, como de barro, pero que al calor de los problemas solía convertirse en una olla enorme, llena de consuelos.

¿No era aquel hombre muerto el mismo que le había causado herida tras herida en las mismas cicatrices que le fue haciendo en su corazón de esposa?

Sin embargo, allí estaba mi madre llorando la muerte de aquel fantasma que habitó por tanto tiempo nuestra casa. Presente para aportar dinero, echar la siesta en el sillón. Ausente de palabras, de consuelo, siquiera de un beso mal puesto antes de recoger su cartera del buró.

De pronto, mi madre se fue a su recámara y del ropero viejo sacó un traje palmeado impecable, una camisa blanca perfectamente planchada y almidonada, corbata, calcetines y zapatos.

Parecía, como siempre, que aquella muda había sido preparada esa misma mañana, como tantas veces la vi hacerlo mientras mi padre se iba a trabajar después de hacer ejercicio.

 -Cuida de que lo rasuren y le pongan bien la corbata- me recomendó.

Más tarde, alumbrado por los tonos sepias del atardecer y el cochambre de la ventana, frente a la cocineta del cuarto donde murió, contemplé a mi padre por última vez.

-Lo reconoce- me preguntó el agente del ministerio público.

Había cerrado esos ojos brillantes con que parecía retar la cámara en su foto de casados. Sus piernas eran delgadas y flácidas, nada tenían que ver con aquellas vigorosas que eran capaces de correr una hora diaria en las mañanas, mientras no hubiera resaca de por medio. Los brazos, usualmente abultados por los músculos, lucían flácidos, desparramados al lado del cuerpo que, con el vientre inflado, lucía deforme.

Pedí a los camilleros que lo levantaran para llevarlo a la delegación, consciente que esa sería la última vergüenza que me haría pasar.

En el camino me quedé pensando como un hombre tan sano, tan preocupado por el ejercicio, había caído en el alcoholismo.

Estando sobrio, todos los días a las seis de la mañana salía a correr. Muchas veces me llamó a acompañarlo, pero aquel hombre que podía dejarme sin comer los domingos por estar bebiendo con sus amigos me despertaba desconfianza y prefería quedarme con la certeza del beso que me daría mi madre y el desayuno caliente sobre la mesa.

Dejé de intentar recordarlo. Me concentré en los trámites para la entrega del cuerpo, los arreglos funerales y la salud de mi madre, convertida en un girasol sobre el que inevitablemente cayó la noche.

Sus amigas ofrecieron llevársela a su casa después del sepelio. Mientras el sacerdote trataba de encontrar palabras reconfortantes yo veía mi reloj constantemente pensando en la cita que tendría con un cliente, unas horas más tarde en la colonia Polanco.

Recibí las condolencias como si fuera simplemente el representante de mi mismo.

Tomé mi auto para salir del panteón por la zona aledaña al bosque. Iba pensando que por esa ruta cortaría camino hasta llegar a Palmas y de allí cruzar sobre el periférico, cuando un balón golpeó con fuerza mi parabrisas, me hizo dar un volantazo y frenar violentamente.

Unos chamacos recogieron apresuradamente el balón que golpeó mi auto y echaron a correr hasta trepar la barda, que separa el bosque del panteón, mientras yo me quedé mirándolos huir, asustado en realidad con lo que comencé a ver, en ese instante, en mi interior.

Fue aquel un domingo de esos excepcionales en que mi padre no bebió. Sus hermanos habían decidido reunirse en el bosque, así que eligieron esa zona cercana al panteón que incluso en domingo luce menos concurrida que el resto del parque.

Llevé mis guantes de portero y un balón albinegro que a punto estuvieron de no traerme los Reyes, porque años más tarde me enteré que mi madre, cansada de irlos a comprar sola la noche de Reyes, se había quedado dormida y mi padre llegó muy borracho.

Mi primo Alejandro escogió un árbol y puso un montón de suéteres al otro lado para marcar la portería. Yo siempre había querido jugar de arquero, pero fue imposible que mi madre convenciera a mi padre de inscribirme en alguna liga porque tenía que dejar sus tertulias embriagantes de fin de semana, con sus cuates.

Así que mi primo y yo decidimos jugar gol-para, con derecho de usar los flamantes guantes a quien fuera el portero. Un balón rebotado cayó junto a mi padre. Con agilidad lo levantó, echándolo hacia atrás con la planta del pie, hizo un par de dominadas con el empeine, el muslo, hasta que por fin lo entregó bombeado hacia donde mi primo lo remató de cabeza para anotarme un gol.

–No, no fue- dijo mi padre señalando el bulto de suéteres arrumbados en el pasto- pasó por fuera-

Después se puso a tirar centros y a gritarme que los despejara con los puños o los tomara con las manos, según mi primo se acercara a rematarlos. Fallé varias veces, pero cada vez que eso ocurría mi padre le decía a mi primo. –No, no fue. Ese también cayó fuera-

Por fin, mi primo se molestó.

-No tío, lo que pasa es que usted no quiere que Samuel pierda-

Mi padre se rió. Entonces mis tías nos llamaron para comer. Mi padre, su hermano, mi primo y yo compartimos la sombra de un eucalipto.

-Tu papá era portero- dijo mi tío- . Y era muy bueno. ¿Te acuerdas que querías jugar como Jaime Morelos, el portero de goma?-

-¿Y quién era ese, papá?-preguntó mi primo.

-El portero del Necaxa. Le decían el portero de goma porque parecía que rebotaba contra el pasto. Era muy bueno, nunca jugó un mundial porque las dos veces que lo convocaron se accidentó, pero era muy bueno.

-¿Y tu jugabas como él?- Pregunté a mi padre.

-Mejor- dijo mi tío- Quería irse a probar al Necaxa.

-¿Y luego?- interrogó mi primo.

-No, pues en ese entonces para tu abuelo era obligatorio terminar la primaria y meterte luego, luego, a un taller para aprender el oficio. Jugar era cosa de vagos. Si te hubiera dejado a lo mejor ahorita andarías en el América- le comentó a mi padre.

– Y jugando en Ciudad Universitaria, en vez de estar aquí echando panza- dijo mi padre con cierta crueldad que cerró la plática cuando todos soltamos la carcajada.

Aquel domingo mi padre, mi tío, mi primo y yo nos quedamos peloteando toda la tarde. Mi padre me enseñó que los balones comprometidos se despejan con el puño cerrado y que los tiros abajo se detienen inclinando el cuerpo y poniendo una pierna doblada atrás.

-Para que no tengas que ponerte falda para evitar los goles-  y volvió a carcajearse. También siguió anulando goles para que yo continuara de portero.

Nunca me dediqué al futbol. De hecho no volví a hacer ningún deporte, pero el día que murió mi padre ese fue el único momento en que pude llorar.

De pronto me compadecí de aquel hombre que por años me había frustrado tanto.

Hace tiempo que yo vivo separado de mi hijo, y aunque constantemente suelo llevarlo al cine, al circo, incluso al estadio, me di cuenta que nunca lo he visto patear un balón, ni he visto si sabe colocarse debajo de la portería o si sería capaz de anotarme un gol.

Esa tarde ya no regresé a trabajar. Me limpié las lágrimas y fui a buscar a mi hijo para llevarlo a cualquier parque a pelotear. ¿Quién lo sabía? Quizás para él también esa tarde podría tener el mejor juego de su vida.

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