El equipo de un solo jugador

Para muchos expertos cualquier equipo que hubiese tenido en su alineación a aquel joven de 26 años, llamado Diego Armando Maradona, hubiese sido campeón del mundo en México 1986.

Lo avala el propio Pelé: “desde el medio (campo) para arriba, la calidad de Diego Maradona desequilibraba cualquier esquema”, escribió el Rey del Futbol al analizar el equipo argentino de 1986, en su libro autobiográfico “Mi Legado”.

En todo caso, Maradona fue la bujía indispensable para arrancar el motor del equipo sudamericano rumbo al título.

Eso se supo desde su primer juego ante Corea del Sur, cuando los asiáticos persistieron en tenerlo pecho a tierra a base de faltas, mientras Jorge Valdano les hacía el primer gol a los seis minutos de juego.

En el segundo tiempo, Ruggeri y el mismo Valdano ampliaron la ventaja, para dejar 3-1 el marcador, gracias a un golazo de Park Chang Sun.

Pero la magia de Maradona era indispensable en el equipo albiceleste. Se hizo sentir contra Italia, cuando el campeón del mundo se puso en ventaja con un penal cobrado por Altobelli y Maradona consiguió el empate en un desborde por la banda izquierda y sin ángulo de disparo, consiguió uno de sus toques privilegiados y anotó el gol que permitió a Argentina mantener intactas sus ilusiones.

Contra Bulgaria, los sudamericanos vencieron 2-0 con goles de Valdano y Burruchaga y estaban listos para el siguiente capítulo: los octavos de final, donde tendrían que enfrentar a los uruguayos, sus adversarios legendarios en el primer campeonato del mundo, contra quienes no había vuelto a jugar en un Mundial.

Pascualli anotó el único gol del partido para los argentinos, que decidió el clásico del Río de la Plata y dejó a los pamperos en los cuartos de final, nada menos que contra Inglaterra, en un duelo de reminiscencias geopolíticas y deportivas.

Apenas el 14 de junio de 1982, Argentina había firmado su rendición ante Inglaterra tras la guerra por las islas Malvinas, que duró 72 días. Cuatro años después serían adversarios deportivos, el 22 de junio de 1986, en el estadio Azteca.

Por si fuera poco, para los europeos, el delantero inglés Gary Winston Linecker era el mejor futbolista del momento, mientras que para los argentinos el futbol tenía sólo un dios, con nombre y apellido: Diego Armando Maradona.

Y esa tarde la picardía sudamericana fue superior a los honores ingleses.

En el minuto 51, Maradona inmortalizó el gol de la Mano de Dios, cuando 100,000 personas lo vieron meter el puño para rematar un balón y sólo el árbitro tunecino, Ali Bennaceur, ni se enteró.

El pibe, en el vestidor, respondió a los severos cuestionamientos de los periodistas ingleses, quienes pretendían obligarlo a aceptar que había metido la mano para anotar.

“En realidad fue la Mano de Dios la que me ayudó”, respondió para hacer historia con la trampa más famosa de cualquier Mundial de Futbol.

Pero Maradona también demostró su clase como jugador. Tres minutos después de aquel polémico gol, arrancó desde su área con el balón y se fue evadiendo nueve jugadores ingleses, hasta que anotó el gol que dio la calificación a Argentina.

Maradona volvió a hacer otro par de goles, ahora en semifinales ante Bélgica, para darle la calificación a Argentina a la gran final contra Alemania, dirigida por Beckenbahuer, que había calificado con su futbol eficiente de siempre.

El futbol táctico, disciplinado, de los germanos les rindió frutos en la semifinal ante Francia, donde lograron nulificar a Platini, y manejar la tempranera ventaja que les dio Andreas Brehme al minuto nueve del juego. A un minuto del final, Rudi Voeller consiguió el segundo gol germano que los instaló en su segundo final consecutivo, ahora ante un equipo encabezado por un bohemio del futbol. ¿Quién sería el mejor?

Seis minutos antes de terminar aquel partido, los argentinos pensaban que la final del 29 de junio en el Azteca podría ser el tema de su próximo tango.

José Luis Brown al 22 y Jorge Valdano al 56 habían armado la milonga en la tribuna, cuando de pronto Karl Rummenigge, al minuto 73, y Rudi Voeller, al 82, hicieron callar el bandoneón.

Si 30 años no son nada, ocho minutos eran un patíbulo de suspenso para el mejor equipo del Mundial que no había perdido un sólo partido. ¿Sería este, el decisivo, el que estaba marcado para caer?

Puede decirse que Diego lo impidió. Dos minutos después del gol de Voeller, Maradona observa la veloz escapadaza de Jorge Burruchaga, a quien le envía uno de sus pases precisos. El argentino dispara con la barrida de Briegel encima y la salida de Shumacher al frente, pero consigue el gol que significaba el título del mundo a menos de cuatro minutos del silbatazo final.

Cuando Maradona levantó la Copa del Mundo, el Azteca se convirtió en el único escenario del planeta que había visto a dos artistas del balompié, explayando su arte, ambos enfundados en su número 10: Pelé y Maradona, o Maradona y Pelé, en el orden que prefiera colocarlos la historia.

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