El campeón Ricardo López, un chavo de barrio

El campeón mundial invicto más longevo de todos los tiempos, paisano del barrio de Tacubaya, nos contó su vida paseando por los caminos de la popular colonia en que nació la alcaldía de Miguel Hidalgo para nuestro libro. ¡Que lo disfrutes!

Por DANIEL ESPARZA HERNÁNDEZ

Oye Ricardo ¿A ti te gustan los Beatles y esa música?, preguntó el chamaco mientras giraba el botón de plástico del mugriento radio Panasonic color rosa, cruzado por una grotesca franja plateada con enormes orificios en la bocina.
«Desmond has his barrow in the market place. Mollie is the singer in a band…»
«Pues allí está. ¡Fuma mariguana!, ¿Por qué crees que los Beatles le hacen a la mariguana? » agregó tragando el humo, mientras ponía la bachicha del carrujo en un diminuto pasador que siempre traía en la bolsa del uniforme caqui de la secundaria.
» O-bla-di O-bla- da, Life goes on bra… Life goes on bra…»
«Mi infancia fue dura, porque Tacubaya es un barrio fuerte. Te podría mencionar puras colonias como Bellavista, Santa Fe, Observatorio, La América. Esto era como Tepito, como Iztapalapa. Entre todos mis conocidos vi bastante droga, bastante asaltante. El barrio es cabrón, esa es la palabra», recuerda el Finito, Ricardo López Nava, campeón mundial de box invicto en 52 combates y con 26 defensas de un título al que renunció para retirarse y completar, por fin, su carrera como administrador de empresas a los 37 años de edad.
La cita es en la Alameda de Tacubaya, donde solía jugar futbol de chamaco. Enfrente de la Candelaria, refugio de la tradición de celebrar con candelas la purificación de la Virgen María y presentación de Jesús al templo cada 2 de febrero. Allí, donde hasta la fecha escucha misa como lo hacía con doña Ana María Nava, su madre ya fallecida. Se trata de dar un paseo por la memoria del boxeador.
«¿Te acuerdas de Ignacio López Tarzo en el Hombre de Papel? Hay una escena en la que se para en este puente, mientras desarruga un billete de 1,000 pesos que nunca sabe qué hacer con él», recuerda Ricardo, parado sobre el cruce de avenida Revolución que deja correr por abajo el río de caos del Viaducto Piedad.
«Una de las estupideces máximas que hice fue subirme con mis amigos por este puente corriendo. ¡Aquí arriba! -reitera tocando el angosto barandal de no más de 20 centímetros de ancho- Tonterías que hacía uno de chavo y no mide consecuencias».
La memoria del boxeador camina a nuestro paso, ironiza con los corredores que toma el destino: «Nada más fuimos dos hijos. Mi madre quedo muy lastimada de mi hermano Sergio y 15 años después le dicen que está otra vez embarazada y es cuando nazco yo. Pensaban que iba ser mujer. Mi mama quería una niña y de repente voy saliendo yo», y la sonrisa ataca al hombre que se ganó la vida a puñetazos, sin perder nunca.
«Allí en la esquina de la iglesia de la Candelaria estaba la delegación Miguel Hidalgo. Allí jugábamos haber quien hacía frenar mejor a los carros. Te aventabas y el carro tenía que frenar, haber quién lograba que rechinaran las llantas más fuerte. Que me ve mi papá ¡me fue como en feria!».
«Me da tristeza recordar mi infancia. Todos mis amigos murieron en la droga, la cárcel y los pocos que quedan están unos en el manicomio y otros en el reclusorio y digo yo ¡ uta! . Y les veías unas caras, tan nobles, tan ingenuos y ya de repente andaban robando, drogándose. ¿Pero cómo? si este era un cuate de la cuadra y ahora mira ya que es. Yo tuve, gracias a Dios la fortuna de siempre contar con el apoyo de mis padres, principalmente de mi mamá, una gran amistad, tanto de madre a hijo, como de amigos».
Y luego se topó con aquella pelea de Mantequilla Nápoles en la enorme Motorola de madera y pantalla ovalada en blanco y negro.

El Evangelio del box

«Era yo demasiado desastroso, inquieto. Me gustaba pelearme, cuando vi que estaba lo del box le pedí a mi papá que me llevara y haz de cuenta que fue como algo mágico en mí, fue mi vocación, mi vida. Me decía el doctor Alberto Cuevas Novelo, que es mi médico, psiquiatra y asesor deportivo, que soy una persona intensa. Si boxeo trato de hacerlo al máximo. Si corro, si entreno, si descanso, si disfruto, me gusta vivir al tope. Tuve oportunidad de muchas cosas negativas y mi hermano también, que salió del barrio pero yo creo que gracias a Dios y a mis padres, tuvimos ese recato. Ese freno y al ir creciendo te das cuenta que fue lo mejor.
Nuestros pasos llegan al mercado de Becerra, el viejo rastro de la Ciudad de México, todavía llena de expendios de pollo. Por este camino lo trajo en 1978 Ricardo Arnulfo el Negro Rojas, un amigo de su padre, don Magdaleno López. El Negro era ayudante del famoso manager, Arturo Cuyo Hernández, quien entrenaba en los baños Lupita, justo enfrente de los puestos de flores.
«Cuando mi papá me dice que aquí estaba entrenando ese señorón del boxeo que fue don Arturo Hernández Gómez, nacido en Juanacatlán, Jalisco y que era un fregonazo, que tenía los mejores boxeadores de México, campeones del mundo, quise venir a verlo. Cuando me vio me tomaron una atención especial, principalmente él y Tony Torres . Con don Arturo llegué a la edad 12 o 13 años. Híjole, me impactaba entrar aquí, porque yo no era un boxeador conocido, y subir a ver a los grandes: Estaba Adelaido Galindo, Lupe Pintor, Alexis Arguello, Bazooka Limón, decía yo ¡Guau! aquí esta la Meca del boxeo».
En la puerta de los baños Lupita, ahora cerrados por la mañana, el peluquero saluda al Finito como sin notar que hace 13 años dejó de ir. El boxeador ahora sólo transpira recuerdos:
«Por allá esta la (Escuela) Militarizada. Enfrente hay unos calentadores del Metro. Allí se quedaban a dormir muchos chavos que se quitaban el hambre con cemento, con droga. Yo y el Blue Demon junior fuimos juntos a la Militarizada, era re’guey para pelearse. Una vez yo lo defendí y bien que se acuerda».
«Siempre agarraba el mismo camino: me iba por el puente, pasaba la iglesia. Venía de la escuela por el lado fuerte. Veías mucho alcohólico tirado en la calle. Les decían el escuadrón de la muerte: amanecía cada semana alguien muerto. Era como algo normal en el barrio»
Un camino no siempre fácil. Tuvieron que pasar siete años para que el Cuyo aprobara debutarlo profesionalmente en 1985, siete años después de estarlo puliendo en el gimnasio.
«Un muchacho me dijo: bueno y para qué estás boxeando. No, pues me gustaría prepararme mejor, tener una casa bonita, grande y salir de aquí de Tacubaya. Y me contesto: Eso no lo vas a poder hacer nunca, estás mal. ¡Puta! me dio un bajón. Luego, platicando con mi madre, me dije: ¿por qué no voy a poder? En un libro del doctor Jorge Elías Dib dice: tu sueña y después dime por qué no se puede»
«Yo siempre tuve la confianza, siempre me la tome en serio. Cuando quería irme a correr, a entrenar, me sentía que era yo el bueno. A veces mi hermano me agarraba de broma. Oye hijo ¿a qué vas al gimnasio? ¿Sabes cómo te tienen? Y empezaba a caminar como me tenían por horas, porque a veces te aburrías de caminar. Bien pude decir, ¿a qué regreso? Nada más me tienen caminando como güey. Pero yo tenía una tendencia de que podía ser algo. Quería aprender a tirar bien golpes , quería estar con el bueno y el bueno era el Cuyo y Tony Torres».


El Rocky de Tacubaya
Más que caminar era correr contra las fuerzas barrio, reitera Ricardo. «Diario me paraba correr a las 5 de la mañana, me sentía Rocky, porque así es el ser humano: una serie de imitaciones y luego toma uno su propio camino. Me gustaba hacerlo porque sabía que podía llegar y aún con gente que me decía: No vas a lograrlo, yo decía sí voy a hacerla. Creo que lo principal fue la ayuda de Dios y de mi madre. El apoyo de mi papá, que me llevo al gimnasio. Yo trato de inculcar eso a mis hijos, a mis amigos. El doctor Cuevas me enseñó una frase bien bonita: en la vida hay una trilogía: Vivir, ayudar a vivir y dejar vivir».
La memoria de Ricardo ya sigue su propio paso, llega a otros lugares del barrio.
«Estudie hasta la Prepa, la hice en el Instituto Mexicano Francés y en la Salle. No era mal estudiante, un poco problemático, hiperáctivo, inquieto, tenía buena retención, pero antes tenía que pararme a correr, entrenar dos veces al día, tener mi dieta, acostarme temprano porque tenía que recuperar fuerzas, estarme inyectando cada tres días bedoyectas, estar viendo videos, estarme cuidando que la mano derecha, que me dieron un tallón o que me siento torcido o que traigo el tobillo mal, eso llenaba mi vida».
«Tuve el gusto de tener buenos maestros, buenas relaciones. La Salle es un colegio religioso y había muchachos que hablaban como el Pirrurris. Yo saluda y punto. No permitía que se metieran conmigo ni yo agredía tampoco a nadie. Creo que para ellos debió haber sido un poco difícil o extraño. Este güey aquí, con nosotros. Ellos veían a los nacos y los nacos eran los boxeadores y los que estudiaban y eran hijos de buena familia eran los efectivos de la vida. Está mal decirlo pero así es. Cuando se tiene dinero como que tienes toda la primicia de hacer o deshacer y los de abajo no. Yo salí de abajo, gracias a Dios y a mis padres y se puede, siempre y cuando se quiera».
El boxeo fue enredando a Ricardo López en su vereda de éxito reservada para muy pocos.
«Mi madre me dijo: Mira, de 1000 que entran a la universidad con dedicación, constancia y responsabilidad, esos 1000 van a terminar y en el boxeo el sitio nada más está contemplado para uno. Y era cierto, pero le dije: Mamacita, yo traigo un león y quiero boxear. Entonces me apoyó, que es lo que debemos hacer todos los padres de familia con nuestros hijos. Apoyarlos en lo positivo».
Desde entonces su refugio fueron los libros. «¡Soy lector cañón! También por mi mamá. Me dijo: oye, si ya no vas a estudiar tienes que leer algo, documentarte y un amigo de mi hermano me regalo un libro muy bonito que se llama: Tú puedes ser el mejor. Me gustan libros de superación personal pero empecé a leer varios escritores famosos. He leído todo de García Márquez, de Herman Hesse, de Octavio Paz, de Paulo Coehlo; he leído de Franz Kafka Metamorfosis, Carta a mi padre, un libro durísimo patriarcal. He leído Papillón de Henri Cherriere, su vida escrita por él, esa superación de querer demostrar que él era inocente y quererse escapar y lo hizo ocho veces. He leído de Og Mandino, el Milagro más grande, El vendedor… Mandino fue un alcohólico que se quedaba tirado, tocó fondo y mira».
El 25 de noviembre de 1990, Ricardo López se convirtió en campeón mundial de peso paja noqueando al legendario japonés destructor de mexicanos, Hideyuki Ohashi en Tokyo. Doña Ana María Nava murió mucho antes, aunque sus palabras permanecen vivas en Ricardo. Desde entonces cubrió 13 años defendiendo el título sin permitirse más que un empate.
Nuestra caminata llega hasta el metro Tacubaya, por el viejo Camino Real de Toluca ahora lleno de ambulantes y propaganda que invitan a toda clase de tocadas y bailes. Enfrente de un puesto de tacos de tripa, Ricardo López encuentra su antípoda.
«¡Quiubole! Mira, este es José Luis Tapia. Fue boxeador, le ganó muy bien a un estrella de miércoles, Angel Mata. ¿Creo que hasta lo fracturaste la mandíbula? ¡Un cuate bien duro! y trabajaba aquí en Tacubaya, en el mercado de San Pedro de los Pinos»
–Allí sigo, en los mariscos. Cuando quieras, te espero».
Llegamos a la joyería de su padre. Han pasado 13 años desde la última vez que vino por este camino, han pasado 51 combates, 26 defensas del título y nadie pudo vencerlo, ni siquiera el barrio.
Ricardo López Nava ya no vive en Tacubaya y pronto estudiará administración de empresas.
«La vida termina cuando ya no la quieres vivir. Me gusta eso de la administración, me han gustado varias cosas, quería volar, ser piloto aviador, me gusta la aviación, aventarme en paracaídas; me gusta torear, leer, no me quedo con ganas de nada siempre y cuando sea positivo y benéfico para mi persona y mi familia. No me resta más que lo que dije en mi despedida: ¡Gracias! Si hubiera otra palabra la utilizaba pero no la hay, más que gracias a los que me apoyaron y hasta a los que no me apoyaron, porque fue la motivación extra que sentía para lograrlo».
Nos despedimos en la acera. En el cercano expendio de piratería, la voz rasposa de Alex Lora se impone a los rezongos de limosneros, niños harapientos y microbuses con su carga de mal humor, perfumes y olores que se disuelven en el humo citadino de Tacubaya.
«La vida es como un juego de ajedrez. Todos queremos hacerle jaque al Rey, pero es difícil, difícil que la puedas hacer…»

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