El campeón del optimismo de los Juegos de México 68

La natación fue para Felipe Tibio Muñoz una terapia para afrontar la separación de sus padres. Nunca imaginó que aquel desahogo lo llevaría a convertirse en ícono de una sufrida generación de jóvenes que compartieron con él aquellos Juegos Olímpicos inaugurados un #12deOctubre

DANIEL ESPARZA HERNÁNDEZ

      «Yo digo que soy una persona con mucha suerte» afirma el ex presidente del Comité Olímpico Mexicano, Felipe Muñoz, viendo en perspectiva al niño que a los 12 años tomaba de la mano a sus hermanos más pequeños, fruncía la nariz aguileña en algo que quería ser una sonrisa tranquilizadora y con dulzura les proponía: ¡Vámonos a jugar!, apenas escuchaba a sus padres comenzar a discutir su divorcio.

Felipe vivía entonces en la colonia Roma, muy cerca del deportivo Vanguardia donde se iba a refugiar con sus hermanos. «En esos lugares volvía a ser niño, lo mismo que en la escuela. Regresaba a la casa y volvía a ser un adulto chiquito, a tratar de ayudar a mis hermanos. Recuerdo que cuando llegaba a nadar lloraba mucho porque me sentía muy triste, pero como con el cloro sales con los ojos rojos decía que no tenía goggles y que había mucho cloro en la alberca».

«Era una excusa excelente, me tranquilizaba, yo creo que por  eso siempre voy a querer mucho al deporte, porque era una forma de terapia, sin quererla, sin buscarla».

Alguna vez contó que cuando oyó que México había ganado la sede de los Juegos Olímpicos en 1962, pensó en tomar una toalla y presentarse como recluta al Comité Olímpico.

«Te digo que soy afortunado porque los Juegos Olímpicos no sólo llegan a México, en una edad adecuada para mí, sino que llegan a mi ciudad, a mi colonia. Yo vivía a cinco calles de la alberca olímpica. Los Juegos Olímpicos me cayeron en la cabeza literalmente», recuerda Muñoz quien para entonces ya vivía en la calle de Mitla, en la colonia Vertiz Narvarte.

Su primer contacto con los Juegos fueron aquellas estampas de colección, que hasta la fecha conserva, con la foto y biografía de deportistas de todo el mundo, pero también los periódicos que fustigaban contra Avery Brundage, presidente del Comité Olímpico Internacional, por haber concedido a un país tercer mundista tan grave responsabilidad.

Arturo Rivera era un salvavidas en el Vanguardia que trabajaba también en la Unidad Independencia, a donde llevó a Felipe a competir. Muñoz ganó a regañadientes porque siempre se quejaba de que el agua o estaba muy fría o muy caliente. Lo bautizaron como el Tibio y el apodo legendario se quedó para siempre.

«Me ganaban siempre, no era un fenómeno de la natación.  Tampoco era un maletota, estaba en la pelotera, allí, entrenando», recuerda Muñoz.

En la Unidad Independencia conoció  a José García Cervantes, quien llegaría a ser un prócer de la Confederación Deportiva Mexicana, pero el entonces  director de la Unidad no congenió con el flacucho chamaco, al grado que llegó a negarle la oportunidad de un viaje a Austin, Texas, para el cual Muñoz se había calificado en cuarto lugar en una competencia.

Felipe sólo atinó desquitarse orinando la portezuela del automóvil del director, cuyo cargo en la Codeme llegaría a ocupar Muñoz con el tiempo. Tuvo que emigrar a la Unidad Morelos, donde Nelson Vargas se empeñaba en formar un equipo de natación.

«El profesor tenía un Volkswagen  y nos quedábamos de ver en distintos partes de la ciudad para ir a entrenar a la Unidad Morelos. Empiezo a entrenar dos veces al día y a mejorar mucho. Nos enteramos que iban a empezar a hacer la preselecciones para el centro olímpico. Así llegué por primera vez al Comité, éramos 4 o 5 nadadores del IMSS,  los de la clase más bajita, porque la natación era entonces para la clase media alta. Nos decían los de la «humildad» Morelos».

El entrenador húngaro Bela Raky, arqueó las cejas cuando vio aquellos cuatro muchachos en su pre equipo. «Hasta nos regañaba si empezábamos a nadar rápido. No, suave, finito, finito -nos decía-  Nosotros nos desesperábamos. Este señor se lleva a los mejores de la selección a entrenar a Europa y contratan a Ronald Jhonson y un asistente, Nelson Vargas, para encargarse de los que se quedaban».

Cuando regresan los seleccionados se opta por organizar una competencia entre ambos equipos para escoger el equipo que irá a Winnipeg, a los Juegos Panamericanos de 1967. «Les ganamos a todos, menos a Guillermo Echevarría. La federación decide entonces liquidar a Raky y la selección se integra bajo el mando de Ronald Johnson, Nelson y otros asistentes».

Viajero del destino

Los ojos del chamaco de 16 años devoraban todo el paisaje que cabía por la ventanilla del avión, como quien mete las manos por el cuello de una botella repleta de golosinas.

«Fue la primera vez que me subí a un avión. Mi primer uniforme ¡Imagínate! Con saco, una corbata y el escudo (nacional).  Ibamos a hacer una escala en Houston y pedí permiso para asomarme a la puerta (del avión) para ver a Estados Unidos (SIC). A los 16 años, era como niño en Disneylandia».

¿Que pensarían sus amigos de la escuela si lo vieran? Los cuates que a veces no tenían ni agua en sus casas, que conocieron una alberca cuando el plantel firmó un convenio con la Ciudad Deportiva para que pudieran utilizar los sábados la piscina. Esos que fueron con el Tibio a hacer el examen médico en bola y se miraron medio espantados cuando el médico les pidió encuerarse a todos.

 «Había un muchacho amigo de nosotros que traía los pies bien mugrosos y no se quería quitar los calcetines. Nos burlábamos todos  y cuando se quita los calcetines le apestaban horrible los pies. Y todos ¡ayy, ay! y el doctor gritando: ¡póntelos!, ¡póntelos!»

Y ahora Felipe Muñoz estaba en Winnipeg, Canadá, rodeado de nadadores más experimentados que tomaron al chamaco de 16 años y lo encomendaron al dorsista del grupo, Luis Angel Acosta, con una consigna:

«Cuida a este menso. No vaya a hacer una babosada. A mí me andaba por conocer muchachas, y Luis siempre me decía espérate, después bailamos con las muchachas. Primero vamos a competir, te va ir bien, no te preocupes»

Felipe comenzó el viaje sin retorno a su destino. «Entrenábamos a las cinco de la mañana y acabábamos a las siete. Me iba corriendo a la escuela, regresaba, volvíamos a entrenar, comíamos, hacía mi tarea, me acostaba temprano. Así fue mi vida por muchos años».

El 22 de octubre de 1968, Felipe Muñoz llegó tarde a la alberca Francisco Márquez. Aflojó en el club Libanés, luego de casi sobornar a los guardias, para llegar sin presiones a su final olímpica.

Su padre quiso consolarlo de antemano diciendo que era suficiente con haber quedado en primer lugar en las eliminatorias, pero Muñoz le respondió : gano o me ahogo, recordando aquello que oyó alguna vez a Joaquín Capilla de que era fácil ganar una medalla olímpica: «Avientas el corazón y luego te lanzas por él».

«Te va a sonar medio sangrón pero me pasó: cuando ganamos la sede de los Juegos soñaba que traía un traje verde, blanco y rojo y un uniforme que decía México. Que llegaba a una final y le ganaba al americano, al soviético. La verdad sí lo soñaba. El deportista que no ve eso, no es deportista y no es sincero.»

Aquella noche Felipe ganó la medalla de oro de los 200 metros estilo de pecho. Su nombre puso un punto de luz a la larga noche de octubre de 1968 hasta la fecha.

«Hoy en la mañana desayuné con un periodista, tenemos más o menos la misma edad, y me dijo: me acuerdo mucho de ti porque cuando ganaste mi mamá se puso a llorar y yo también. Me impresionó porque estábamos viendo la tele y mi mamá se levantó cuando oyó el himno.¡En la tele! Como él, ese momento me lo recuerdan constantemente».

Felipe y Mario

En Colombia, en la Villa de Atletas, Felipe conoció al delegado de la selección  de tiro, Mario Vázquez Raña, quien continuamente se acercaba al equipo de natación para pedirles un favor.

«Tiro y natación estábamos muy cerca y nos pedía: vayan a vernos porque nadie nos pela y allá todo mundo está en nuestra contra. Lo veía en el comedor y platicábamos, como les va. ¡Bien! ¿y ustedes? Cuando veo que llega (a presidente del Comité Olímpico Mexicano),  dije que bueno, una gente del deporte que ha estado en la villa, que sufrió con nosotros, que le mentaron la madre igual que a nosotros».

Felipe se fue a estudiar comunicaciones a Estados Unidos, donde conoció a Wendy, su esposa. Todas sus vacaciones regresaba a charlar de sus progresos con aquel hombre que desde el principio le advirtió: «No te podemos ayudar, pero mantente en contacto».

En 1975 Vázquez Raña le ofrece trabajar en relaciones públicas de los Juegos Panamericanos. «Allí conocí cómo trabajaba él, lo demandante que es. Lo entregado, lo profesional, lo honesto, lo derechote. Le copio muchas cosas y trato de emular mucho de lo que ha hecho».

Felipe Muñoz se convirtió luego en diputado federal por el Partido Revolucionario Institucional. Cumplió así otra de sus ilusiones de niño, cuando lo llevaron al entonces Palacio de Donceles, donde pensó que debía ser muy importante lo que hacían aquellos señores.

«También pensaba, no tanto ser presidente del COM, pero si llegar a una posición deportiva de alto nivel para ayudar a la gente porque yo mismo era re-criticón. Decía: ¿Cómo es posible que no vean  nuestras necesidades? Los dirigentes son miopes, no ven. Y ahora que soy dirigente  me acuerdo de eso, pero nuestras carencias son enormes, mano».

«De veras que me esfuerzo mucho en conseguir apoyo para los muchachos y cada vez es más difícil porque el mundo gasta mucho en el desarrollo de su gente y nosotros no estamos gastando tanto. No porque estemos mal, sino porque no lo tenemos».

Persiste su fe en lo que aprendió del deporte: «A veces no logras lo que quieres, pero intentándolo ganas mucho. Por eso hay que ponerse metas lejanas, casi imposibles para que cuando lo intentes avances y consigas cosas.  No le digo a mis hijos que sean campeones olímpicos, pero sí el mejor abogado, el mejor profesionista. A lo mejor no podemos ni terminar la escuela por diferentes razones, pero habrá que intentarlo y si avanzaste tantito ese es el beneficio».

Campeón olímpico de natación, a la fecha Felipe ya sólo se da tiempo para caminar en las afueras de su casa y mantener su colección de botellas de cerveza que inauguró desde aquel primer viaje a Winnipeg. «Ahorita ya tengo como 200 y tantas cervezas y las pongo allí en la casa, botellas de cervezas tapadas. Ahorita han de saber quién sabe a qué cosas».

Lector de cuanto libro le llega, suele tener uno diferente en la recamara, la oficina y hasta en el baño, Felipe Muñoz se define como un hombre «caserito» que se mantiene fiel a la otra meta que se fijo cuando soltaba sus penas en el agua.

«Cuando tuve problemas siempre pensé: yo voy a tener una familia y no me voy a divorciar, voy a tratar de que no. Llevo 28 años (de casado) y todavía sin broncas. Toco madera porque uno no sabe, pero me esfuerzo mucho por eso. A veces se me pasa la mano, mi esposa dice oye no seas tan posesivo con tu familia, te vas a morir un día y estos cuates no van a saber qué hacer y tiene razón, pero no quiero que mis hijos vean lo que yo viví. Aquí (en el Comité Olímpico) inclusive, hay muchos muchachos que tienen problemas como los que yo tuve y les platico, aguántate, échale ganas. Hay una niña de muchísimos problemas y de muchísimas facultades a la que le dije, yo sé que te va ir bien porque tu vida es una novela, te va ir a todo dar».

Y asi va Muñoz, tirándole al Sol aunque sólo pueda alcanzar a la luna.

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