El camino de Lolek a Juan Pablo II

En ocasión de la Pascua, compartimos este texto publicado en El Economista en víspera de la última vista del Papa Juan Pablo II a México. Algo para reflexionar en esta #Cuarentena

Por DANIEL ESPARZA HERNANDEZ

Es la navidad de 1941 y apenas quedan fuerzas para llorar. Hace unos meses los profesores de la Universidad de Jaghellonica en Cracovia han sido convocados a una asamblea donde uno por uno, con la mansedumbre de la impotencia, fueron trepados en camiones que los trasladan al campo de concentración de Sachsenhausen, ante la mirada atónita de sus alumnos que sólo pueden rehusarse a creer que los ven por última vez.

Lolek tiene 21 años, llegó a Cracovia en 1939 procedente de Wadovice acompañado de su padre Karol, un militar retirado que decidió apoyar a su último hijo en sus deseos de estudiar filología, hasta que los Nazis invadieron Polonia, cerraron la Universidad, desmoronaron el ejército y el orgullo de soldados como Karol, desde entonces obligados a vivir de la mendicidad.

Y quizás es eso lo que enferma a este viejo combatiente curtido por el dolor. Ha visto morir a su segunda hija, Olga, a los pocos meses de nacida; después perdió para siempre a la maestra Emilia, su esposa, y ocho años atrás, Edmundo, su primogénito, el médico, orgullo de sus sacrificios, enviado a la Universidad de Cracovia con su raquítica pensión, se contagió de escarlatina y murió cumpliendo su deber como doctor en un hospital.

Cualquier otro habría escupido su destino mil veces; en cambio Lolek nunca ha escuchado una blasfemia de su padre. Por el contrario, en las noches, cuando la guerra traslapa los sueños del joven no ha sido extraño despertarse y ver al viejo soldado arrodillado, sumido en sus oraciones.

Lolek creía que la Universidad sería la culminación de sus ilusiones. Aficionado a la literatura y al arte dramático, no pocas ocasiones los maestros le pidieron preparar un discurso para alguna festividad especial. Incluso formó parte del grupo de teatro escolar en Wadowice, aunque en Cracovia no faltó quien puso un cartel burlón en su banca: «El aprendiz de Santo», a causa de su interés por la religión.

Pero para Lolek ese tiempo de bromas se acabó ante la amenaza de ser deportado a Alemania, como miles de jóvenes polacos y abandonar a la soledad a su padre enfermo, sin dinero. Es por ello que sus amigos se afanan en conseguirle trabajo en una fábrica de sosa cáustica, la única forma de mantenerlo en Cracovia al lado de su padre, su único familiar.

Las jornadas son penosas y largas. Salir en la madrugada, recorrer a pie una hora de camino para llegar a la cantera y terminar pasada la tarde, con apenas algún mendrugo en el estómago. Las condiciones son extremadamente duras para los trabajadores obligados a usar dinamita sin precauciones. Lolek vio morir a uno de ellos aplastado por piedras, fragmentos de sosa, sudor y su cansancio irremediable. Pero los obreros cuidan a Lolek, lo conminan a estudiar, a leerles durante las horas de trabajo, mientras ellos completan el jornal.

En invierno la situación se recrudece. La nieve parece el hocico hambriento de una bestia que babea las piernas hasta las rodillas y el viento vomita sus gruñidos en la cara. Esa Navidad de 1941 Lolek regresa tarde de trabajar con un poco de comida y medicina para el viejo soldado, pero su padre no le responde: Karol ha muerto en silencio y en paz en su hogar. Su hijo se ha quedado solo para siempre. Es ya noche, los copos de nieve desdibujan el paisaje. Lolek logra encontrar a su amigo Juliusz Kydrinski, para tener alguien con quien rezar esa noche…apenas quedan fuerzas para llorar.

EL MISTERIO DE SOBREVIVIR

Desde antes de la muerte de su padre,  Lolek actuaba en el teatro de la palabra viva con su profesor Mieczyslaw Kotlarczych y su esposa Sofía, quienes se reúnen en forma clandestina con otros polacos para mantener viva su cultura, bajo un régimen que pretende hacerlos pensar como alemán.

Pero ahora, Lolek se refugia en los libros. Pide incluso doble jornada de trabajo, en la cantera y luego en la fábrica, con tal de no regresar cada tarde a la casa donde nadie lo espera. Meses después avisa a sus amigos que no volverá al teatro de la palabra viva, y que seguirá viviendo en la clandestinidad. Entrará al Seminario de Cracovia que persiste oculto en la residencia del Arzobispo Metropolitano.

El nombre de Lolek tendrá que ser borrado de la lista de trabajadores de la cantera para evitar la persecución de los Nazis. Lolek pasa los fines de semana escondido en un sótano en los suburbios de Cracovia. El fin de semana, un comboy militar de la Gestapo realiza una redada en el barrio. Es 6 de abril de 1944, el «domingo negro» en la historia de Polonia. El comando detiene y deporta a todos los varones de entre 15 y cincuenta años. Un tropel de botas invade las calles, puertas que se revientan a culatazos, cristales que estallan a patadas, órdenes, empellones, gritos, llantos irremediables. No hay tiempo para nada, no hay escape. Lolek se arrodilla, reza y espera. Pasan las horas, el inmueble es abandonado totalmente. El viento de la tristeza extingue la vela que ilumina tambaleante el sótano.

Lolek abre los ojos, sale a la calle desierta. La noche es una pasajera feliz del lúgubre instante. Reflexiona: Cada día ha podido ser detenido en casa, en la cantera o en la fábrica para ser llevado a los campos de concentración. «Si tantos pierden la vida ¿por qué yo no?»…

MARÍA, TODO TUYO

El primero de noviembre de 1946, Lolek será ordenado sacerdote ante un pequeño grupo de amigos en una capilla privada de los arzobispos de Cracovia. En su mente persiste el recuerdo de Jerzy Zachuta, otro seminarista clandestino que simplemente desapareció un día. Lolek fue a buscarlo  y supo que la Gestapo lo detuvo durante la noche. Esa misma mañana el nombre de su amigo se publica en la lista de los polacos destinados a ser fusilados por habérsele encontrado material religioso.

En Cruz, tirado de cara contra suelo, Lolek reza «Eres tú, Pedro. Quieres ser aquí el Suelo sobre el que caminan los otros…para llegar allá donde guías sus pasos».

Lolek viajó a Roma a estudiar y años más tarde volvió a Cracovia. Ahora lo llamaban el «Tío», como un viejo conocido que en bicicleta visita las fabricas, las familias de los trabajadores y se transporta a la Universidad a impartir clases de Ética, en los límites de un sistema político que rechaza cualquier principio religioso.

A los 38 años será obispo y el 16 de octubre de 1978 será nombrado Papa: Petri Apostoli Potestatem Accipiens que en latín significa El que recibe la Postestad del Apóstol San Pedro o Pater et Pastor. En su primer acto asume el nombre de su antecesor, Juan Pablo, y escoge su escudo con una M, anagrama de María y un lema en latín «Totus Tuus»,  traducido Todo Tuyo.

Lolek se rehúsa a emplear la valiosa Tiara, una especie de corona bordada en joyas, que ha sido emblema de la autoridad Papal desde el año 795. Tampoco usará la Silla Gestatoria, un sillón portátil herencia del Imperio Romano, en el que el Papa se trasladó levantando a hombros de un séquito hasta Juan Pablo I.

En la habitación de las lágrimas, un salón de la Capilla Sixtina donde el  recién elegido se retira a vestirse para llorar de angustia o de alegría, Lolek entiende aquello de lo que nunca tuvo duda alguna. «¿por qué yo no? Hoy sé que no fue una casualidad. En el contexto del gran mal de la guerra, en mi vida personal todo llevaba hacia el bien que era la vocación. No puedo olvidar el bien recibido en aquel difícil período de las personas que el  Señor ponía en mi camino, tanto de mi familia como conocidos y compañeros».

Forjado dentro de dos sistemas totalitarios, víctima aparente de la desgracia, Lolek, el cariñoso diminutivo de Karol con el que lo llamaron desde niño,  asomó al balcón principal de la Plaza de San Pedro, levantó su mano derecha y vertió la más poderosa exhortación que abonó toda su vida: «¡NO TENGÁIS MIEDO! No tengáis miedo del misterio de Dios, no tengáis miedo de su Amor ¡Y no tengáis miedo de la debilidad del hombre ni de su grandeza! El Hombre no deja de ser grande ni siquiera en su debilidad. No tengáis miedo de ser testigos de la dignidad de toda persona humana, desde el momento de su concepción hasta la hora de su muerte.»

Y bajo ese principio, la historia verdadera, esa que trasciende la vida efímera de un hombre para conmover la de sus congéneres, comenzó realmente…

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