Cuentos macabros del #boxeoMexicano

DANIEL ESPARZA HERNÁNDEZ

La muerte es una fantasía trágica para todos los mexicanos. Desde las catrinas de Guadalupe Posada, hasta los altares llenos de cenpaxuchitl, la muerte es una dama temida e idolatrada que no es ajena al boxeo mexicano.

Como en una noche de cuentos de terror, la memoria obscura del pugilismo mexicano guarda en su tumba los restos de los más tristes recuerdos de peleas mexicanas,

Fue la noche del 6 de junio de 1936, cuando el pugilismo mostró el más duro de sus rostros en la Arena Nacional, ubicado en la calle de Iturbide, donde ahora se encuentra abandonada una famosa sala de cines.

Aquella noche la joven promesa proveniente del pugilismo amateur, Jesús Nájera, fue anunciado a combatir contra el experimentado Paco Sotelo.

Cuenta la historia que una derecha de Sotelo en el segundo round puso en la lona a Nájera, para convertir la batalla en un cruento intercambio de golpes contra el cuerpo y el rostro de ambos adversarios, que round tras round se fueron desfigurando.

Faltaban solo unos segundos para terminar la pelea, en el décimo asalto, ante los gritos extasiados del público con la sangre que se derramaba generosa por todo el cuadrilátero.

Por fin, un golpe de Nájera mando a la lona a paco Sotelo, quien en unos instantes fue enviado a la Cruz Verde para morir cuatro horas más tarde.

Se dice que la muerte de Sotelo trajo la mala suerte a la Arena Nacional que se incendió meses más tarde por causas que nadie pudo explicar.

Otra noche igual de negra y trágica ocurrió el 24 de octubre de 1959, cuando el recién encumbrado campeón mundial gallo, José Becerra realizó su primera defensa ante el estadounidense Walter Ingram, en la Arena Coliseo de occidente de la capital Tapatía.

Cuentan las crónicas que desde el séptimo asalto Ingram era un patético muñeco sangrante bailoteando al ritmo de los puños de Becerra.

En el noveno asalto, incapaz siquiera de abrazarse a su adversario, el manager de Ingram, Mike Díaz, por fin lanzó la toalla al cuadrilátero para pedir clemencia para el muchacho cuya agonía duró tres días, para morir el lunes después de tres intervenciones a cráneo abierto y dos paros respiratorios. Luego se supo que Ingram venía de ser noqueado 20 días antes, pero nadie sabe, ni nadie supo cómo lo autorizaron para aquel combate.

El último cuento de terror ocurrió el 14 de mayo de 1983, cuando en una función de la Arena Coliseo la luz de un disparo cruzó desde el balcón hasta el ring para cegar la vida de Roberto “Tio” Jiménez, un humilde asistente de manager que se disponía atender a Jaime “Conejo” Casas quien había sido declarado vencedor por nocaut técnico de Arturo “Cuyito” Hernández.

Ambos boxeadores se retiraron tiempo después del atentando que muchos relacionaron con las mafias de apuestas. Del autor del crimen nadie supo, ni nadie sabrá nada.

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