Crónica de un cualquiera en el #IMSS

DANIEL ESPARZA HERNÁNDEZ
La ola rompió primero mi rodilla derecha. Luego mi consciencia en las carencias de todo un sistema de protección civil y seguridad médica. #4T #medicamentos
Me ocurrió en Acapulco, en la playa Condesa que pudo ser mi tumba, al quedarme sin movilidad en una pierna a merced del oleaje, imposibilitado a patalear y nadar.
Tuve la fortuna que un chico, estudiante de la carrera de paramédico, estaba asignado como salvavidas «voluntario» con una camiseta del gobierno municipal. Fue él quien me sacó del agua y en su «escaso conocimiento profesional» entabló mi pierna con un pedazo de cartón y cinta adhesiva que le consiguió un amable restaurantero, que alquilaba la palapa dónde estaba mi familia.
No contaba con camilla, prótesis para inmovilización o equipo para una hemorragia. Solo su camisa del Ayuntamiento municipal y esa boya naranja estilo Bay Watch.
Entre él, los restauranteros y mi familia me sacaron cargando. No hay acceso acondicionado a la playa ni para una ambulancia, una camilla o una silla de ruedas. Hay que avanzar en al menos tres escaleras porque en Acapulco no hay rampas de emergencia en las playas y menos inclusivas.
Guiado por Google maps llegamos hasta el hospital regional Vicente Guerrero, que para sorpresa no tiene señalada la entrada de emergencias.
-Es allí, junto a la tamalera- me dice un trabajador que salía de la zona de limpieza de ropa. Es cierto, traspasada la puerta sin señalamientos y las zona de máquinas ya puede leerse Urgencias.
Afortunadamente el sistema de información funciona. Con sólo el número de seguridad social y una identificación me dan consulta, toma de radiografías y diagnóstico: cirugía indispensable para corregir la fractura de la meceta de la tibia.

Aquí tardará al menos diez días en programarle- me indica el traumatólogo quien acepta enyesarme la pierna, consciente de que tendré que hacer mi viaje a la CDMX por mis propios medios.
Horas después, a pesar de la nota de urgencia de tercer nivel, en el control de urgencia de mi unidad médica insisten en que tengo que ir a mi consultorio familiar. Una «jefa» se apiada aunque reconoce que no podrán hacerme nada sino mandarme al segundo nivel en el Hospital regional del IMSS de calzada de las bombas, al que llegaré ya por la noche.
Tampoco hay letreros de entrada de urgencia. Todas las rejas están cerradas. Luego de una serie de consultas un poli acepta dejar entrar el vehículo «pero sólo para bajar a su enfermo. Todo está lleno»
Es cierto, la sala está atiborrada. No hay sillas de ruedas disponibles. Afortunadamente llevamos unas muletas con las que llegaré al primer filtro: la poli de la puerta, quien dice a mi familiar el lugar donde tendrá que hacer fila. Luego levanta de una banca a una persona para que me pueda al menos sentar.
-Yo le creo al Presidente, pero le voy a escribir a Zoe (Robledo) para que vea esto- me dice una señora con un tobillo hinchado. Me ofrece un pedazo de emparedado que saca de su bolsa, porque ya tiene 11 horas esperando consulta y teme que su presión arterial le haga una jugada.
Mi esposa consigue por fin una silla. Solo tiene una rueda con goma y la otra es solo el metal, pero se puede rodar. No es para ponerse exigente cuando una madre de familia lleva horas cargando y bajando a su hijo de ocho años, lesionado de un brazo.
Otra señora, con el pie fracturado amarrado con una mascada, es cargada por su corpulento hermano para que le tomen los signos vitales, pasar el triage y las radiografías. Para todo hay que hacer filas, pero la gente le cuida el lugar para que sólo la cargue cuando le toque.
En el triage una mujer muy joven, con bata de la UNAM, decide que mi urgencia es azul con sólo verme a los ojos. Ya después me tomarán los rayos X.
En el área de radiografía los dos operadores ya ni se preocupan en cerrar las puertas. Todavía no terminan de bajar a mi antecesor cuando llaman.
-El que sigue- y así, sin darse tiempo para cuidarse de las exposiciones los trabajadores avanzan más rápido.
Ahora sólo falta una fila de 50 personas para la consulta. Es ya de madrugada cuando un médico me llama junto con otras dos personas.
No hay consultorio. Apenas traspasamos la puerta el doctor pregunta a cada uno ¿Qué le pasó? Y luego anuncia que vera la radiografía una vez que consiga computadora. Nos manda a esperar en el pasillo que está a un lado. Tampoco hay bancas o asientos.
Mientras transcurría nuestra brevísima consulta, a nuestro lado derecho otro doctor reducía una lesión en el tobillo a una señora, a un lado de su escritorio. Del lado izquierdo otra doctora examinaba radiografías de un joven a cuya madre le explicaba que a pesar del dolor que le producía una hernia discal a su hijo, no calificaba para emergencia.
-Lleva tres meses esperando cirugía. Ya no puede trabajar y va a perder el servicio- explicó la indignada madre, para quien la única respuesta es acudir a la consulta general con su hijo.
En el pasillo, el pequeño de ocho años dormita y llora en brazos de su agotada madre. Nuestro médico lo manda por fin a enyesar y en mi caso ordena internarme.
-Se quedará en observación porque no hay camas-
En una camilla soy ingresado a un área donde de un lado hay mujeres y del otro lado hombres. Se supone que son 16 camas, pero hay casos como el mío en el que en el lugar uno hay dos camas, así que somos 1A y 1B. La capacidad está rebasada.
Mi compañero 1B despertará horas después. Pescador chiapaneco vino a trabajar a la CDMX ante la caída del empleo en la cooperativa. Como obrero de la construcción una máquina estuvo a punto de rebanarle el tobillo izquierdo. Su compañero la detuvo a tiempo. El hombre pudo ver sus venas y sus músculos antes de desmayarse
Lo sacaron de la obra en Santa Fe en carro a las 2 de la tarde. El ingeniero responsable se opuso a llamar una ambulancia para que no le cierren la obra para una revisión de seguridad. A las 4 de la tarde urgen al enfermo llame a su familiar porque tiene que desocupar la camilla. Ha tenido suerte. En 24 horas ha pasado su proceso y será dado de alta.
No tiene tanta el compañero de la siguiente cama. En un momento de consciencia cuenta que trabaja en seguridad y recibió dos balazos en la espina dorsal. Cuando se mueve su rostro enrojece , literalmente se quiere arrancar la cabeza y no se atreve a gritar. Termina desmayándose para tener un rato de paz y luego nuevamente a sufrir cuando se mueve.
Otro compañero rehúsa usar el cómodo. Contra la voluntad de las enfermeras un camillero aceptó bajarlo y llevarlo al baño.
-Es un asco- dice al regresar para inhibir aún más mi deseo de defecar.
Unos estudiantes de la UNAM me dicen que me sacarán sangre. Les informo que me tomaron dos tubos al ponerme el suero. Luego regresan con un cardiógrafo.
El chico quiere hacer su servicio médico en Oaxaca.
-Allá donde hay tantas carencias- me dice mientras intenta reparar un chupón que ya no funciona. Luego se acaba el papel. Se va por un rollo, el único disponible no encaja. Con una tijerita recorta el papel, desenrolla y vuelve a enrollar hasta adaptarlo. No tengo duda. Tendrá éxito en Oaxaca.
-¿Quiere que le ayude a bañarse?- me ofrece Almita una diligente enfermera. Limpia una botella de PET de litro y medio, le hace hoyos con una aguja y la llena de agua tibia.
Pone un pañal debajo de mi cabeza para lavar el pelo. Me ofrece un guante especial que moja y llena de espuma para que me talle el cuerpo y los genitales. Luego me enjuaga con la improvisada regadera y me seca con la bata que va a quitarme. Toda la ropería mojada es sustituida por la nueva.
No soy el único. Observo que en otros enfermos se repite la operación, derivado de que en esta área la gente debería permanecer solo un par de horas y no 15, como en mi caso.
Dos grupos de residentes, uno de la UNAM y otro de la BUAP, se reprochan delante de mí el mal diagnóstico de una lesión del radio de un niño. Olvidan darme el mío. Después de un rato el responsable del piso consigue informarme que me retirarán el yeso y me pondrán una férula.
Horas después mi camilla está formada junto con otras, disputando turno con la gente de consulta de urgencia.
En un espacio en forma triangular de no más de cuatro metros cuadrados laboran una ortopedista de Guerrero y otro de Puebla que están haciendo su servicio. En el cuarto no cabe la camilla, pero los chicos se esfuerzan por acomodarse a mi derredor para atenderme.
-En Acapulco sólo hay una playa incluyente. Creo que hay dos en todo el país.- Me confiesa luego de advertirme en broma que de haber hablado mal de sus paisanos me hubiera dado una doblada más con la férula.
Al sacarme y en espera de un camillero un médico llega gritando mi nombre.
-¿Qué hace aquí? Usted ya tendría que estar en piso
Almita toma mi cena y la pone sobre la camilla. Camino a la hospitalización renace mi esperanza, aunque e l médico me vaticina: serán dos a tres semanas para programar su cirugía.
Pero eso será otra crónica.

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