Cepillín y la lucha libre… Una última sonrisa…

EDGAR VALERO BERROSPE

-”Claro que sé quién es”, fue la respuesta súbita a la pregunta que hizo el gran León de Jalisco, Enrique Vera.

-”A ver ¿quien es?, insistió Enrique..

-”Es Edgar Valero, hijo de mi gran amigo, José Luis Valero”…

Ya en ese momento el sorprendido fui yo. Al hacerse un lado el que fuera campeón mundial de peso completo de la Universal Wrestling Association, vi a un tipo delgado, de cabello chino, sonriente, que a su vez, dirigiéndose a mí, preguntó: “Y a ver ¿quien soy yo?”

Creo que me sonrojé y no pude responder, Enrique fue el que me dijo, “Cepillín, Valerito, es Cepilín, y era gran amigo de tu jefe…”

Fue la primera vez que vi a el “payasito de la tele” en vivo y a todo color. Fue una tarde cuando salía yo de los estudios de Radio Fórmula allá en la Colonia del Valle, no se si fue obra del Destino, pero a partir de ese día, nos encontramos en los lugares más insospechados, en casa de amigos en común, en eventos de todo tipo y hasta esa última ocasión en la oficina del presidente del Comité Olímpico Mexicano a donde llegó de improviso…

Hubo tiempo de que me comentara como había sido la relación con mi papá, a quien conoció a finales del 60´s en Monterrey, de donde era originario y como fue que la lucha libre los había acercado para cerrar su amistad. Ricardo González, su nombre verdadero, era gran aficionado a la lucha libre, eso lo supe de su propia voz, y sin que estuviera planeado fue la lucha libre la que los unió más y sobretodo, cuando ya “Cepillín” era un personaje de la televisión, la que les permitió trabajar en cierta forma juntos.

El Pavillón Azteca, ubicado sobre la Calzada de Tlalpan casi enfrente del Estadio Azteca, era una carpa de circo magnífica, con capacidad para unas tres mil quinientas personas que se ocupaba, principalmente para el espectáculo de Cepillín los domingos en matinée y función vespertina y los sábados para funciones de boxeo, todo bajo la promoción de don Jaime de Haro, dentro de la burbuja de Televisa.

“Le dije a don Jaime que el lugar estaba subutilizado -me dijo Ricardo- y ante la curiosidad de qué más se podía hacer allí, le dije ¡Lucha Libre!”.

Don Jaime que era un tipo muy serio se le quedó viendo y con incredulidad le dijo “¿Lucha libre?, yo conozco nada de lucha libre, ni luchadores, ni periodistas, ni nada…” A lo que Ricardo le dijo con total seguridad: “No se preocupe, yo le presento a la gente que necesita…” Y así fue.

César Valentino, quien fuera una figura de la lucha en la década de los 80, llegó como matchmaker, había tenido algunos problemas con la empresa Promociones Mora-Flores, que hacía las funciones en el Toreo de Cuatro Caminos, razón por la que se convirtió en una figura de los llamados “superlibres”, donde figuraban los que no tenía cabida en el Toreo (y antes en el Palacio de los Deportes) y/o la Arena México/Empresa Mexicana de Lucha Libre. 

En ese grupo de superlibres además de los que no encontraban acomodo, estaban otros a los que nadie les podía imponer nada, las super figuras como El Santo, Huracán Ramírez, Gran Markus, Mano Negra, Blue Demon, Tinieblas, Black Shadow, Mil Máscaras, el propio Valentino, El Fantasma, Rubí Ruvalcaba, el Gallo Tapado, El Matemático, Ray Mendoza, René Guajardo, El Solitario, el Angel Blanco y Dr. Wagner por citar a algunos.

Así que con Valentino al frente y don José Luis Valero a cargo de la promoción, el Pavillón Azteca terminó por despegar. Las funciones pasaron de los viernes a los lunes y luego a dobles carteleras. Hicieron sus propias luchas de campeonato mundial de la AWWA, surgieron sus propias figuras encabezadas por el Trío Fantasía: Super Muñeco, Super Pinocho y Super Ratón y luego muchos más, pero con la presencia de las superestrellas como Mil Máscaras, Huracán Ramírez, Blue Demon, Rayo de Jalisco (padre), el público terminó por voltear a verlos. Fue un despertar difícil, pero terminó por tener éxito.

Las funciones comenzaron a televisarse a ciudades diferentes a la capital donde estaba prohibido, pero más adelante se acabó con la restricción y entonces la voz del Doctor Alfonso Morales, Enrique Bermúdez, Raúl Sarmiento y otros colegas empezó a asociarse con la lucha libre, todo, todo, a partir de tres personajes, Cepillín, José Luis Valero y Cesar Valentino.

La última vez que pude ver a Ricardo fue hace poco más de un año en la oficina del presidente del Comité Olímpico Mexicano, don Carlos Padilla Becerra. Una vez más presumió de su amistad con mi padre y una vez más, como ya lo había hecho antes, le “reclamé” que si yo hubiera sabido de su amistad con mi papá en la década de los 70, cuando era una gran figura de la televisión, habría sido yo el niño más famoso de la escuela: 

– “Habría vendido autógrafos y fotos diciendo que eras amigo de mi papá -le dije- pero creo que ya es un poco tarde para eso, ¿no crees?…” A lo que contestó con su simpatía y sonrisa, bueno, que nos tomen una foto, creo que todavía puede valer algo…” Nos dimos un abrazo, me dijo que iba de gira a Monterrey, y tristemente fue la última vez que lo ví…

Nunca podré olvidar que me hizo sonreír cuando era yo niño, y me hizo sonreír de nuevo aquel día, eso era lo suyo, dibujar alegrías en la cara de las personas…

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