Canto y encanto de Muhammad Alí

A propósito de la #CuarentenaExtendida recordé «Stand by me» cantada por Muhammad Ali en 1963 y el emotivo momento que viví cuando encendió el pebetero olímpico en Atlanta. Aquí mi crónica en El Universal

Daniel Esparza

ATLANTA, 20 DE JULIO 1996.- Los ojos de Muhammad Alí se abrieron desaforadamente como tratando de decirle algo a las 83,100 personas que llenaron el estadio olímpico como no podían hacerlo ni la cara, ni las manos y mucho menos los labios.

Las pupilas se abrieron al máximo como deseando verter por la cuenca de los ojos la emoción del hombre ahora enjaulado en un cuerpo enfermo del mal de Parkinsson.

A sus 54 años, otra vez estaba allí el muchacho de Lousville, Kentucky “que flotaba como mariposa y picaba como avispa”, que hizo soñar a todo el mundo en los años 60 y 70; que fue orgullo de su raza y combatió dentro y fuera del ring por lo que creía necesario.

En él se resume esta noche, la primera de los Juegos de Atlanta: el campeón olímpico en Roma 1960; el campeón del mundo del boxeo profesional; el más grande, el único, campeón de los sueños como el que tuvo Martin Luther King, ya también sin voz, sin cuerpo, como el propio Alí, parado en la punta de la rampa verde por donde llegó el fuego de esta ceremonia centenaria.

Y otra vez el grito que conmocionó al mundo, a las universidades que visitó Alí para expresar su rechazo por la guerra de Vietnam, cuando luchó por sus derechos como ciudadano negro de este país.

Otra vez la voz que lo coreó por tres décadas hasta su retiro, cuando el mundo conocía el boxeo a través de un solo guerrero: ¡Alí! ¡Alí! ¡Alí!

El hombre  está congelado allí, clavado a sus males, en el centro de los ojos del mundo a través de las televisiones; con los ojos anegados de lágrimas que no salen, que no saldrán nunca en un cuerpo en el que ya no manda.

El mismo que tiró su medalla al río Ohio cuando fue sacado de un restaurante por tratar de comer en un área para blancos, para dejar esa deuda eterna de esta nación con este negro gigantesco que lo desafió desde entonces.

“Gané una medalla de oro para los Estados Unidos y cuando regreso a casa me tratan como un negro en el restaurante”. Fue justo el momento en que desapareció Cassius Clay, el esclavo, y surgió Muhammad Alí, el mejor boxeador del mundo como lo designó el Consejo Mundial de Boxeo.

¡Alí, Alí, Alí!, un cuerpo entumido, silente, cerrado incluso para él mismo, que no puede controlar siquiera esa mano izquierda que tiembla como presa de aquel pánico que despertaba hace más de treinta años.

¡Alí, Alí, Alí!, el conjuro de 83,100 personas que intentan despertar al coloso que lentamente, como una gota de aceite que no terminará jamás de desprenderse, gira sobre su eje y con movimientos mecánicos, contados, milimétricamente espaciados, va acercando su lámpara de fuego al diminuto funicular que lo llevará al pebetero a través de esta mano enferma, la número 10,000 del largo collar humano que la transportó por terreno americano.

Y son las voces del pasado, las que debieron estar presentes, las que brindan tributo a este hombre que no recibió nada por su medalla, ni siquiera el tributo de un pueblo que entonces se desbordó sobre Willma Rudolph, ganadora de tres medallas de oro en los Juegos de Roma.

“Había hecho mi mejor esfuerzo, pero ella fue demasiado rápida para mí”, recordó alguna vez en una entrevista que concedió antes de su última pelea profesional de 61, con una leyenda de 19 defensas de título mundial.

¡Alí, Alí, Alí! como nunca sucedió en un estadio olímpico, como hubiera querido cuando tenía 18 años. El gigante que ni llora, ni ríe, atrapado en su propio cuerpo, en sus recuerdos, como un coloso de Rodas que ya nunca podrá moverse sino a través de los sueños que tejió hace treinta años.

¡Alí, Alí, Alí!, por siempre.

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