La caravana del hambre

“¡Más goles, más!” exigía una porra sedienta de venganza cuando el Necaxa le metió 9-0 al Atlante en aquella final de 1933.

Muchos de aquellos aficionados presenciaron los tres juegos que Necaxa y Atlante tuvieron que disputar en 1932, cuando ambos equipos terminaron empatados en el primer lugar de la llamada Liga Mayor.

El primero lo había ganado el Atlante 3-2, el segundo lo empataron a un gol y en el partido decisivo los fanáticos del equipo rojiblanco vieron anular tres tantos a su equipo antes de que el Atlante consiguiera la anotación que los tituló.

Un año después, es tanta la frustración azulgrana ante la apabullante derrota de 9-0, que los jugadores suben a la tribuna a enfrentarse con la fanaticada que llevaba diez años tejiendo su leyenda de boca en boca.

Es una gresca del tamaño de una catapulta que impulsa una nueva leyenda en el balompié nacional: la de los Once Hermanos, con la que algún desconocido bautizó el futbol creativo del Necaxa.

Buena parte de esos hermanos serán la base del equipo mexicano que se alista para disputar en Italia el Mundial de 1934, para el cual la Federación Internacional de Futbol ha decidido someter a México a una curiosa eliminatoria, dado que la inscripción ha rebasado el número de países previstos para el certamen.

México vencerá en tres partidos a Cuba, que sobrevivió una primera eliminatoria con Haití. Después tendrá que viajar a Roma para eliminarse con Estados Unidos, equipo al que la FIFA sembró directo por haber estado en las semifinales del torneo de Uruguay.

Rafael Garza Gutiérrez “el Récord”, ex capitán del América, será nombrado técnico de la selección en substitución de Pérez Meléndez quien naufragó ante las presiones de los presidentes por tener más jugadores de su club en el equipo nacional.

El antagonismo entre españoles y mexicanos, entre atlantistas y necaxistas aflora desde la misma integración del grupo formado por: Alfonso Riestra, del Asturias y Rafael Navarro, del América, como porteros; los defensas, Felipe “Chaquetas” Rosas del Atlante, Alfredo Garzón del América, y “Yegua” Camarena y Toño Aspiri del Necaxa; los medios eran “Perro” Ortega y “Calavera” Ávila, del Necaxa; “Diente” Rosas y “Pipisca” Guirán, del Atlante, Carlos Laviada, del Asturias y José Rosas del América y adelante Fernando Marcos, “Pirata” Fuente y Manuel Alonso, del España; “Nicho” Mejía, Manuel Márquez y “Trompo” Carreño, del Atlante, “Ojitos” Gómez y Jorge Sota, del América y “Chamaco” García y “El siete” Ruvalcaba, del Necaxa.

Fernando Marcos contaba así en su biografía aquella primera eliminatoria:

“Tres días antes del partido contra Estados Unidos, nuestro presidente de delegación, el licenciado Correa, nuestro entrenador Récord y el doctor Izquierdo decidieron tomarse un paseíto por Nápoles, dejando al equipo al garete, sin dirección, casi sin comer, sin ninguna atención y con muchos problemas internos por la generación de grupos antagónicos.

De esta manera, cuando llegó el día del partido, el equipo no valía nada. Simplemente no era equipo. Y menos aún, cuando se hizo una formación absurda que incluyó a Rafael Navarro en vez de Alfonso Riestra, que sin duda alguna era nuestra mejor carta.

Con todo y todo el juego no tenía mayores problemas. Pero un centro delantero tipo tanque, Aldo Donneli, le tomó la medida a Toño Aspiri y él solo nos hizo tres goles. Para colmo, Toño desesperado se hizo expulsar. Pero allí brilló la bravura de Manolo Alonso, contrastando con la digamos timidez de Avila, el “Calavera” no agarraba una ni por prescripción médica…”

México perdió 4-2 aquel juego del 24 de mayo de 1934. Dicen que Benito Mussolini, a quien había sido bautizado así por la admiración de su padre por Benito Juárez, mandó al entrenador de Italia, Vittorio Pozzo, a motivar a los mexicanos antes de aquel juego.

Don Vittorio, como le llamaban, era un hombre anecdótico. Nunca fue futbolista y sin embargo se enfilaba a convertirse en el único técnico tricampeón del mundo, al refrendar el título de Italia en la Copa de Francia 1938 y ganar el torneo de futbol de los Juegos Olímpicos de 1936.

El técnico sobrevivió a la II Guerra Mundial y a las descalificaciones posteriores del estado fascista para convertirse en columnista deportivo de La Stampa y llegó a cubrir los Juegos Olímpicos de Londres 1948. Decía que su gran secreto fue el respeto que infundía y el cariño que sabía ganarse entre sus futbolistas para integrarlos en torno a una causa, a un propósito, a un equipo.

Nada de eso vio Don Vittorio cuando bajó a hablar con los mexicanos en el estadio del partido fascista en 1934. Dicen que simplemente saludó y se fue, tal vez pensando que sin espíritu de equipo, en el futbol no hay nada que hacer.

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